‘Desfallecidos’

Diciembre 03, 2012 - 12:00 a.m. Por: Rudolf Hommes

La imagen favorable y el nivel de aprobación de la gestión del presidente Santos han sufrido a causa del fallo de la Corte Internacional de la Haya que indujo un sentimiento de duelo por la pérdida de nuestro mar que posiblemente no tiene precedentes recientes, con excepción quizás del dolor por la tragedia de Armero y la toma del Palacio de Justicia. El duelo que ha provocado este fallo de la Corte ha venido acompañado de una sensación de impotencia, de debilidad frente a un poder que no habíamos detectado y frente al cual no supimos inicialmente cómo reaccionar. El mismo gobierno anduvo atontado, sin saber qué hacer. Lo que experimentamos colectivamente es lo que sienten los débiles cuando son víctimas de una injusticia. Un conocido sociólogo decía que el principio de justicia distributiva es difícil de definir, pero se sabe cuando se viola porque provoca entre los afectados el comportamiento que se conoce como rabia, en este caso contenida porque el responsable de la injusticia es una corte a la que respetábamos. Como perritos de Pavlov cada vez que nos decían “conflicto” reaccionábamos con “sujeción al derecho internacional”, lo que inducía una sensación de alivio que nos sirvió para mantener la calma y algo de compostura durante el largo conflicto de límites que se ha tenido con Venezuela. Este condicionamiento dio pie para que consideráramos “expertos internacionales” a los que hoy estamos tildando de ineptos porque se confiaba implícitamente que el derecho internacional protegía a Colombia y que esa era la ciencia que ellos manejaban. Ambas cosas dejaron de ser ciertas un lunes por la mañana cuando se hizo evidente la necesidad de hacer algo distinto y de cambiar de equipo.El problema es que saliéndonos de la zona de confort que inducía la sujeción al derecho internacional no estamos seguros de cuál es el curso a seguir. Hay una percepción mayoritaria de que se cometió una injustica con Colombia, de que el fallo no fue equitativo, un sentimiento de pérdida y una voluntad de no aguantar ese golpe sentados. Los habitantes del archipiélago de San Andrés y Providencia sienten que no fueron tenidos en cuenta como representantes de una cultura con identidad propia y en su calidad de guardianes de la biósfera y de un patrimonio de humanidad que ha sido cruelmente cercenado por la Corte.Se necesitaba un acto simbólico para disipar ese sentimiento de impotencia y canalizar productivamente esa rabia contenida. El gobierno razonablemente decidió retirar a Colombia del Pacto de Bogotá en respuesta a estas reacciones de la opinión pública y al peligro de que Nicaragua escale sus pretensiones y las lleve al misma corte de la Haya. Este ha sido un acto mesurado de protesta porque deja claro el disgusto que ha provocado el fallo y le retira a la Corte la confianza.En algunos círculos ha causado bastante inquietud. Los legalistas tradicionales y los intelectuales preferirían que se acate el fallo porque temen que se opte por una solución patriotera e irracional, o que se ponga en peligro la negociación con las Farc. También ha dejado insatisfecho a un segmento importante de la opinión pública al que no le sirve nada diferente de rechazar el fallo. El Presidente ha dicho claramente que no se acepta el fallo hasta que los derechos de los habitantes de las islas estén defendidos, y ha emprendido una ofensiva diplomática encaminada a involucrar a Nicaragua en un proceso de negociación. Ese puede ser un curso prometedor si Nicaragua acepta la mano tendida, envuelta en el guante de seda que no oculta el puño de hierro.

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