Creatividad

Octubre 24, 2010 - 12:00 a.m. Por: Rudolf Hommes

Hace una semana, el ‘Financial Times’ destacaba el ejemplo de una empresa familiar irlandesa -que arrendaba automóviles y estuvo al borde de la quiebra durante la crisis económica de ese país y la recesión mundial- que se transformó en un exitoso negocio de venta de software a nivel europeo, porque su gerente supo aprovechar algunas fortalezas de la compañía y basándose en ellas le dio la vuelta en un mercado que no estaba tan afectado por la crisis como el del arrendamiento de carros. Si el empresario irlandés hubiera sido colombiano, antes de hacer un esfuerzo o de pensar en transformar su empresa, tal vez le hubiera pedido una cita al Presidente Uribe y hubiera solicitado un subsidio, u otro tipo de ventaja para seguir haciendo lo mismo. Este tipo de arreglos y de comportamientos -que infortunadamente son posibles en Colombia, aunque solamente para quienes tienen acceso al poder- genera dos clases de efectos indeseables: el primero consiste en que los empresarios se especializan en desarrollar relaciones con el Estado para sacar provecho. Los que tiene éxito no son los que tienen las mejores ideas ni los que producen los mejores bienes o en forma más competitiva, sino aquellos que les sacan mejor jugo a las relaciones con el Gobierno. El otro resultado nocivo es que se consolidan roscas públicas y privadas en el poder, los intereses creados, que se establecen y fortalecen para derivar rentas improductivas del estado y otros privilegios. Estas roscas conspiran contra la democracia para mantenerse en el curubito y se oponen al cambio y al progreso técnico.Carlos Caballero dice en ‘El Tiempo’ del sábado pasado que una de las razones por las cuales la economía colombiano no crece adecuadamente es por esa manguala de empresarios y funcionarios públicos. Mancur Olson sostenía en un libro que publicó hace casi 30 años que las economías dejan de crecer, y las sociedades dejan de evolucionar y de progresar, cuando se implantan grupos de poder que extraen beneficios para ellos y para sus allegados. Adam Smith nunca pretendió que las economías operaran sin la intervención del Estado, pero pensaba que esa intervención debería llevarse a cabo precisamente para limitar el poder de las asociaciones de artesanos (las gilds), la colusión entre oligopolios, los grupos de presión y las roscas entre funcionarios y empresarios que desangran al Estado (Adam Gopnik, Books, ‘Market Man’The New Yorker, Octubre 18, 2010, p. 82). Olson concluía que a las sociedades periódicamente les hace falta un revolcón para sacudirse el yugo de estos intereses. Las reformas de los años 90 fueron un revolcón de esa naturaleza que redujo considerablemente el poder de los funcionarios públicos para otorgar favores a dedo y el campo de acción de los traficantes de poder. Pero el trabajo de Marcela Eslava y Marcela Meléndez citado por Caballero, hace pensar que ese revolcón no fue suficiente; y se echó para atrás en los años que siguieron, particularmente en los ocho de Uribe. Hace falta entonces otro revolcón que cambie la relación del Gobierno con los empresarios y dejar que progrese el país. Nokia era originalmente una procesadora de papel, que luego formó un conglomerado con una empresa de productos de caucho y otra de cables antes de graduarse como líder mundial de telecomunicaciones. Ella y otras empresas finlandesas exitosas no hicieron estas transformaciones sin la colaboración del gobierno, pero ésta consistió en apoyar su ingreso al mundo y su desarrollo tecnológico y comercial con políticas apropiadas, no otorgándoles subsidios.

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