Última oportunidad

Última oportunidad

Agosto 11, 2015 - 12:00 a.m. Por: Ramiro Andrade Terán

Es un diálogo de paz al estilo de una nación donde todo puede ocurrir. Adelantar lo que se estima última oportunidad de llegar a un acuerdo que libere a la nación de una pesadilla de terror y matanza que llegó a los cincuenta y cuatro años, cada sector armas en mano, bombas volando, y agresión en aumento para ‘ganar puntos’ en las conversaciones de La Habana se convirtió en incentivo inmediato para incendiar más lo que ya arde suficiente. Las Farc iniciaron escalada que va dejando en camino rosarios de destrucción y muertos. El Estado –por su parte– incrementó su obligación de combatir los alzados en armas y el saldo ha sido rudos golpes a los insurgentes.Acá disparan, entierran y curan heridos. En La Habana los voceros del Gobierno y las Farc toman ‘mojito’.No sé si me equivoque en estas apreciaciones de los ‘diálogos de paz’, pero debo aclarar que así eso ocurra en plena guerra, en esta oportunidad tendrá buen resultado y el acuerdo para silenciar las armas habrá llegado. Un avance indispensable que se complementa con una segunda etapa: sembrar la paz; aclimatarla, hacerla permanente, financiar el costo enorme de la pacificación con sus miles de desplazados, los desmovilizados de las Farc, el ELN, el EPL, y otras necesidades como vivienda, servicios de salud, empleo, etc.Habrá quienes opinen que eso no debe hacerse y que el costo de la pacificación es inadmisible. No creo que tenga razón. ¿Habrá pensado en lo que costarían cinco, diez o más años de guerra? Sería, según el experto en problemas militares J. A. Spencer, del Instituto de Investigación de Londres, una suma que doblaría la actual por el incremento de una guerra que podría volverse crónica.No quiero ser profeta de desgracias. Es obvio que a Colombia se le ha presentado su última oportunidad de lograr, por el diálogo civilizado, la paz. No hacerlo sería lo que ciertos sectores piden con enojo: guerra total, acabar el enemigo donde esté, no dar ni perder cuartel, más bombas y cilindros explosivos. En fin, elevar el ritmo de la guerra y su rigor, diez veces más que el actual. Algo demencial, ¡claro que sí! Pero de eso ya no hay que extrañarse en esta nación que un día se consagró al Sagrado Corazón de Jesús. Todo indica que en esta ocasión vendrá el silencio de las armas. Colombia necesita más que nunca la tranquilidad perdida para reparar los estragos de la guerra.

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