Sembrar la concordia

Abril 14, 2015 - 12:00 a.m. Por: Ramiro Andrade Terán

El enfrentamiento armado que la Nación ha padecido por 54 años, no lo ganó nadie. Ha sido un rosario de asaltos, muertos, pueblos arrasados, mujeres y niños sacrificados. Todo el horror de una contienda absurda, donde no hubo crimen que no se cometiera. Si se analizan sus resultados con objetividad, se advierte que el gobierno -calificado por la guerrilla de “burgués”, “imperialista” y “oligárquico”- continúa en el mando y no se cumplió el propósito central de derribarlo. La insurgencia, debilitada en su capacidad militar, se mantuvo. La guerra no produjo los resultados previstos por uno y otro. La inmensa mayoría rechazó el enfrentamiento: que no trajo más que barbarie. El horror de una contienda que desangró la Nación, y afectó su desarrollo en zonas campesinas, costó billones, y le dejó al país el título del más violento de América Latina. La guerrilla no se tomó el poder por las armas. Tampoco el gobierno logró su desaparición. La lucha evidenció su perversa inutilidad. Fue lección para todos. El voto quedó como el mejor y pacífico instrumento para elegir los gobernantes y ejercer el control político de los gobiernos.Pensar que la paz total ya se logró con la firma de un documento para abandonar las armas, es una peligrosa utopía. Terminar el enfrentamiento armado es -obvio- un indispensable primer paso para la paz. Pero, a renglón seguido, viene algo fundamental: sembrar la concordia, crear las condiciones para que la paz se mantenga, resolver problemas tan complicados como la reinserción de los excombatientes, frentes de trabajo para los desplazados, etc, etc. Tarea monumental que compromete a gobierno, sociedad, y la insurgencia. En la paz, ese noble trabajo debe comprometer a todos.Al presidente Santos le tocó hora cenital: el silencio de las armas, y el magno suceso de adecuar la Nación a las nuevas circunstancias que demanda la pacificación definitiva. -Toda la nación debe acompañarlo en esa tarea fundamental-.En Cuba se hizo una revolución que se volvió comunista. Allá -curioso- se selló el acuerdo de pacificación. No hay nada, ni nadie, que la impida. El clamor nacional es sencillo e irrevocable. ¡Paz ahora! Para acabar con la confrontación que no produjo nada diferente al terror, la violencia salvaje, y otras desgracias similares.

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