Prohibidas las delicias

Marzo 06, 2012 - 12:00 a.m. Por: Ramiro Andrade Terán

Llegar a los 60 años es cosa seria. Como afirma Larry Collins en su delicioso libro ‘El Laberinto’, de esa edad en adelante la vida se reduce a una serie de obligaciones en que “basta” es la palabra clave. “Basta de mantequilla, basta de huevos, basta de buenos filetes: el colesterol. Basta de pastel de crema de chocolate. Basta de cenas mexicanas que hacían que un coctel margarita se te evaporara en los intestinos y se activaran las hemorroides por varios días. Basta de martinis secos, tan fríos que el primer trago te mordía la lengua. Basta de Jhonny Walker etiqueta negra, que cuando agitabas el vaso formaba un oscuro torbellino sobre el hielo. Basta de sexo: el sida. Cuando pasas de los 60, ¿Qué te queda?”.Collins, escribió a dúo con Dominique Lapierre libros excelentes como ‘¿Arde París?’. Esta noche la libertad y Jerusalén. Es uno de los escritores norteamericanos más famosos y vive en una villa en la Costa Azul. Millonario, tiene una colección de pintura contemporánea sin par en el mundo. En sus libros se ocupa de la presencia ineludible de la vejez y la soledad que viene con los años. Algo a quien nadie escapa. Pasar de esa edad clave de las seis décadas es cosa seria. Si en un descuido caes en manos del médico para el clásico chequeo del medio siglo, entrarás a la larga cadena de esclavos del laboratorio: escrutarán tu sangre, tu orina, tus glóbulos rojos y blancos. Descubrirán que tu columna vertebral se ha declarado incapaz de mantener esos kilos acumulados por los sancochos, las cazuelas, los fríjoles y los chicharrones. Ingresarás a la cadena de los pasados de kilos que suspiran por almorzar en Giorgio, Maxim’s, o Zalacain. Y si llega dinero suficiente para semejante lujo, tu implacable cardiólogo te notifica que es demasiado tarde: tus arterias ya no resisten tales delicias y debes hacer dieta para siempre.Hay quienes buscan la supuesta tranquilidad del campo: huir de las frenéticas ciudades para sumergirse en la tranquilidad bucólica de los bosques, los arroyos, las vacas y las flores. Vana ilusión. Cada vez hay menos árboles, praderas, lagos encantadores, páramos cubiertos por el verde de los frailejones. El mal llamado progreso, asesina el paisaje: ese selvático lugar ya no existe; ese paraíso en la montaña estará ocupado por las células del ELN, o cualquier otro de los grupos alzados en armas. Empeñados en volar un nuevo oleoducto para acabar con los últimos peces y pájaros que aún superviven en este país, donde vivir después del Ecuador de los 60 años es proeza digna de los héroes griegos.

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