Paz: obligación colectiva

Junio 10, 2014 - 12:00 a.m. Por: Ramiro Andrade Terán

Según el ‘Índice Global de Paz’ -Reputado Instituto Especializado en la materia-, “El país más violento de América Latina es Colombia”. Esa publicación circula en todo el Continente, en Europa y las principales naciones asiáticas, en su edición en inglés. Con ese título, ¿para qué enemigos? El perjuicio que nos hace es inmenso: fue reproducido en The New York Times, Le Monde, Times, Clarín, Excelsior y otras publicaciones. Quedamos fritos, cubiertos de lodo. No es la primera vez que la prensa mundial se ocupa de Colombia en esos términos. Para ciertos medios violencia y Colombia son sinónimos. Indigna que así nos traten. Por desgracia, 51 años de guerra interminable y atroz no son algo ejemplar. Ni lo ocurrido con el narcotráfico. Ni los estragos de las luchas entre pandillas que matan para asegurar las rutas del tráfico de estupefacientes. Ni los nidos de delincuentes asentados en barrios periféricos de las grandes ciudades.Surge la habitual pregunta: ¿Hasta cuándo durará esta situación que lleva medio siglo? ¿Será que llegaremos a cien años en las mismas? Esta indagación surge si se piensa qué hubiera sido de nuestra nación sin ese flagelo maldito. No tengo duda: seríamos, en nuestro desarrollo, el país número dos del Continente. Superados solo por Brasil. En términos comparativos estaríamos mejor que México. No fue así y perdimos esa oportunidad histórica en el concierto latinoamericano. Pero, al menos, contentémonos con nuestra joya de la corona: el Nobel, Gabriel García Márquez; quien, por legítimos temores, vivió en México. Y le dio al país fama universal.Santos firmará con la guerrilla el acuerdo para silenciar las armas. Todo indica que se dará ese paso en el camino de la paz, pero vendrá la etapa clave de hacer de ella una realidad: que los alzados en armas se reintegren a la sociedad, y obtengan empleos, beneficios sociales. Es la segunda fase de ese acuerdo. La parte social, podría llamarse. Si no se ejecuta, haría que este primer esfuerzo sea un fracaso. En esta etapa posterior al silencio de las armas la sociedad tiene tarea ineludible: afrontar su parte en el trabajo colectivo de aclimatar el entendimiento y dar sitio y trabajo a quienes estuvieron largos años en el combate. El Estado, el sector empresarial, tienen un papel en esa dirección. De la respuesta a este punto esencial dependerá el futuro de la pacificación. La paz es para todos y contribuir a establecerla es obligación colectiva. Como, también, de los desmovilizados que tienen una responsabilidad muy grande en lograrla.

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