Paz: ¿Aplazar diálogos?

Paz: ¿Aplazar diálogos?

Noviembre 05, 2013 - 12:00 a.m. Por: Ramiro Andrade Terán

Importantes personajes proponen aplazar los diálogos de paz por un tiempo no establecido. Un despropósito mayúsculo. Una especie de lapida anticipada a un proceso muy complejo, arduo y frágil, que tiene enemigos poderosos. Que ha consumido un año en producir moderados resultados. El aplazamiento podría convertirse en el prólogo del fracaso de conversaciones que no avanzan con la deseable rapidez. Sería romper el compromiso. De no levantarse de la mesa hasta lograr resultados concretos. En 12 meses solo se obtuvo acuerdo -cojo- en el primer punto de los seis de la agenda, sobre el problema agrario en su parte menos complicada. Se dejó lo más sustantivo del tema para otra oportunidad.Darle largas al diálogo es aventurado. Produce la sospecha que han surgido desacuerdos de muy seria naturaleza y que el proceso no avanza con la efectividad y diligencia que todos deseamos. A una sociedad como la nuestra -experta en desencantos sobre la pacificación- no se le puede salir con el anuncio de vacaciones en un proceso que avanza tan lento. No se trata de un diálogo más. No hay que equivocarse: puede ser la última oportunidad de paz por esta vía. Si no se logran acuerdos concretos, duraderos, definitivos, respaldados con entusiasmo por las mayorías nacionales, a Colombia se la acaba de llevar el diablo. No hay país que resista más de medio siglo de una guerra bárbara y sangrienta. El presidente Santos sabe bien que su futuro político depende de la pacificación. Es un compromiso de tan seria naturaleza que si fracasa en el vital empeño, su muerte política es inevitable: “Lo mío es la paz”. Si, por el contrario tiene éxito en un problema clave para el futuro de Colombia, el país agradecido lo convertirá -con toda razón- en un prócer eximio. Y será reelegido con fervor. Si la paz no se logra, un día el pueblo llenará calles y plazas reclamando, airado, lo que se le ha negado por tanto tiempo. Nadie quiere ver a los negociadores de vacaciones. Los quiere -de inmediato- en la mesa de negociaciones que prometieron no abandonar. Darle más vueltas, rodeos, dilaciones, al máximo problema nacional es inadmisible, inaceptable, absurdo. Abrumados por la violencia, fatigados de la sangrienta contienda, los colombianos aspiran que -al menos- sus hijos vivan la paz que se les negó. Las conversaciones de La Habana deben reanudarse de inmediato.

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