La sociedad y la paz

Septiembre 15, 2015 - 12:00 a.m. Por: Ramiro Andrade Terán

En algo de tan particular importancia como la paz -decisiva para el presente y el futuro de la nación- ha surgido evidente escepticismo. Desconcierto. Incredulidad y frustración. Esto es serio. Como se ha repetido tantas veces, a la paz hay que meterle pueblo; convertir la pacificación en un propósito nacional apoyado sin reservas. Y formularse por el gobierno y la ciudadanía una pregunta básica: ¿Colombia puede soportar la continuidad del conflicto armado de 54 años, 2 meses y 14 días?Sabios en la complicada y terrible materia de esta guerra demencial hay de sobra. Miles de compatriotas opinan, critican, enjuician, ponen, quitan, señalan, las incidencias del enfrentamiento. Ganan batallas con algo peligroso: la retórica. Montañas de palabras que se lleva el viento. Pero la sociedad -en su conjunto- no ha cumplido con su obligación de contribuir, con hechos, a la terminación del siniestro episodio. La gente se acostumbró a matanza de vieja data que se volvió tan familiar como la lluvia. Tampoco el Estado tomó iniciativa para organizar a la sociedad civil en mecanismos activos, serios, operantes, para contribuir al esfuerzo de ganar la paz. Esa tarea se la dejamos -con olímpica indiferencia- al gobierno. Otros habitantes de esta nación, -que un día fue consagrada al Sagrado Corazón de Jesús y hoy es mirada con desvío y preocupación por el largo e interminable conflicto que nos afecta– critican a la Fuerza Pública que combate y pone los muertos. Semejante conducta frente a un fenómeno de particular ferocidad, indica la pérdida de valores patrióticos distintos a la charlatanería sobre la contienda. Se mira, se oye, se comenta entre amigos: y “a otra cosa, mariposa”. La nación se ha ido acostumbrando a la guerra y no tiene una mayoría que trabaje -con hechos concretos- a favor de la pacificación nacional. Que no se logra solo con la firma del cese al fuego en La Habana. Hay que sostenerla con hechos de reconciliación.Se afirma -con razón- que “no hay mal que dure cien años ni cuerpo que lo resista”. Nuestro país llegó al punto que resultó intolerable esa pasividad inicua frente a la larga perturbación. La sociedad empieza a pensar en hablar menos y actuar más, frente al dilema de paz o catástrofe que se le plantea a la República. Bendita sea la hora que ese movimiento se materializó. Quienes presumen de dirigentes nacionales deberían abandonar sus mezquinas rencillas y trabajar en este propósito esencia. Del que depende el futuro de la patria atormentada por brutal y sangriento enfrentamiento.

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