Homenaje a Silva

Homenaje a Silva

Noviembre 22, 2011 - 12:00 a.m. Por: Ramiro Andrade Terán

Es difícil hacerse a la idea de un poeta dedicado a fabricar ladrillos y baldosas, o al frente de un almacén de telas y cacharros. A eso se dedicaba José Asunción Silva. Que, además, vivía en deudas con bancos y prestamistas, metido más con las letras de cambio que con las bellas letras.Un grupo de sus admiradores hará en Bogotá una edición especial de las obras completas de una de las voces más puras y hondas de la poesía. Que al lado de Porfirio Barba Jacob y León de Greiff, integra la Santísima Trinidad de la poesía colombiana.Silva amaba el lujo, las mujeres y París, Barba Jacob amaba los hombres, la marihuana, y no conoció Europa, León de Greiff veneraba el aguardiente, los poetas ingleses y franceses, y los lugares selváticos de su nativa Antioquia. Dos de ellos -Silva y Barba Jacob- terminaron su vida trágicamente: el uno se aplicó un pistoletazo en su corazón; y el otro, murió enfermo y en la miseria, en México.De esa racha se salvó León: murió en su cama, aburrido de un mundo que había dejado de interesarle y rodeado por la fiel tropilla de amigos que lo reconocíamos como el Gran Almirante de la poesía nuestra y -más allá- de la literatura universal. Sobre Silva se escribió mucho en vida. Por lo general, para criticarlo. Y muchísimo más después de muerto. Fue una personalidad trágica, meláncolica. Con una rara magia para construir breves poemas casi perfectos, mientras escribía en mal español cartas larguísimas a la legión de acreedores que lo increpaban por su incumplimiento.Fernando Vallejo, se metió en el mundo patético de Silva con su obra ‘Chapolas Negras’. Un tétrico título para una biografía desgarradora y descarnada que se basó en el abultado diario comercial del poeta. Que pasó la vida entre la poesía y el Código Penal, en plena borrasca por sus frecuentes quiebras. El libro de Vallejo es un excelente retablo de la sociedad bogotana de esa época: provinciana, estrecha, chismosa y envidiosa. En ese ambiente, Silva se ahogó en el fastidio de la pobreza, sus enormes deudas, la ruindad de sus contemporáneas que nunca le perdonaron sus maneras refinadas, su desprecio por las obligaciones comerciales, sus memorables quiebras, y la pedantería de un bogotano que quiso vivir al estilo de París.No pudo resistir la muerte de Elvira, su amada hermana, y la cara amenazante de la miseria: se pegó un tiro en el corazón. Con su ‘Nocturno’, podía morir tranquilo. Su obra sobrevive para siempre.

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