Habana: hora de decisiones

Habana: hora de decisiones

Mayo 14, 2013 - 12:00 a.m. Por: Ramiro Andrade Terán

Nadie pretende que en una semana de conversaciones pueda lograrse un acuerdo para la pacificación nacional. Pero eso de dejar que pasen los meses sin un acuerdo mínimo, siquiera sobre el primer punto de la agenda de los cinco acordadas entre el Gobierno y las Farc sobre el tema de la tierra, es un despropósito que le hace daño serio al proceso. Aducir que el retardo se debe a falta de conocimiento del problema, es una manera burda de crear desconfianza sobre la utilidad del diálogo y crea sospechas que es táctica dilatoria para ganar tiempo. Hay centenares de declaraciones oficiales y de las Farc sobre el problema agrario. Y en la mesa de negociación se sientan personas que conocen de sobra las interioridades del vital asunto; han discutido sobre la materia; y cuentan con un equipo de asesores de lado y lado que han estudiado el tema en la tranquilidad de sus oficinas y campamentos.La opinión ha comenzado a inquietarse por el exagerado tiempo que se han tomado las partes en la definición del primer punto de la agenda. Que debió ser definido sin esa inexcusable tardanza, que crea una actitud negativa sobre unas conversaciones que, seguramente, pueden ser la última posibilidad de encontrar por vía pacífica solución a una contienda interna –bárbara y sangrienta- que le ha hecho un daño enorme a esta nación, por más de cincuenta años. Colombia desea la paz y la quiere ahora. La gente tiene todo el derecho de reclamar que así se proceda después de cinco décadas de guerra.Algunos tienen la impresión que hay reservas en llegar al punto básico de la desmovilización y la consiguiente entrega de armas. Ojalá no sea así. Lo cierto es que esa desconfianza en el proceso va en aumento, en la medida que se prolonguen los diálogos, sin que se llegue siquiera a modestas conclusiones iniciales. Si nadie expresa su inconformidad con la demora y hace sentir el anhelo de la inmensa mayoría de los colombianos, que esperan definiciones en plazos razonables, la suerte del importantísimo asunto será muy incierta. Es la hora de las decisiones. Los negociadores – de uno y otro lado- son versados, inteligentes, con experiencia, y conocedores de la materia. “Obras son amores y no buenas razones”. Esa debería ser la consigna que anime el diálogo en la cálida y sensual Habana. Que no puede convertirse en inútiles divagaciones sobre problemas capitales, mientras el país se mantiene en vilo a la espera de una solución final que ha esperado hace años.

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