Festival de codicia

Diciembre 29, 2015 - 12:00 a.m. Por: Ramiro Andrade Terán

Estamos en pleno festival de codicia. Que se advierte en actuaciones de gobiernos, entidades, personajes y avivatos. Que han salido a reclamar propiedad del famoso Galeón de San José. Hundido con un fabuloso cargamento de monedas de oro y plata, joyas de valor inestimable de la América descubierta por España. Nadie sabe, a ciencia cierta, cuál es el valor de semejante tesoro hundido en el mar. Pero muchos se han lanzado con fiera determinación a declararse dueños de la carga del galeón. El San José podía transportar hasta mil toneladas y navegaba –además de oro y plata– con esmeraldas colombianas y joyas de gran riqueza artística. Además de plantas medicinales –quina e ipecacuana- que en Europa eran muy apreciadas por los médicos de la época. Algo de incalculable valor e importancia. La naturaleza y dimensión del cargamento, despertó la visible codicia de españoles, colombianos, peruanos, ecuatorianos, buscadores de tesoros que afirman ser descubridores del sitio exacto donde se hundió el galeón. Lo mismo que oleadas de aventureros que alegan inexistente propiedad. Es tal la codicia provocada que algunos de los que aducen tener propiedad de la riqueza, estarían dispuestos a la violencia para defender su supuesto derecho. Un espectáculo estrafalario e inútil. Lo que se encuentre allí es de Colombia. Así lo determinan tratados internacionales. Lo demás es grotesco intento de apropiarse de algo ajeno. El Gobierno tendrá que aumentar las medidas preventivas para garantizar que el país defenderá su derecho por todos los medios a su alcance. Con el deseo que sea simple imaginación, sin respaldo en la realidad: ¿Qué ocurrirá si al llegar al Galeón sepultado en el bravío océano, no se encuentra lingote, moneda, joya, alguna? Por obra y gracia de un desconocido país o grupo que realizó la proeza de descender en las aguas y llevarse el oro y el moro. Es claro que hay una posibilidad en un millón que semejante compleja, notoria, inocultable operación, pueda ocurrir. Pero es mejor prevenir que curar. Sería deseable, urgente, que el gobierno colombiano procediera a tomar posesión del tesoro prisionero del mar. Sin dejarse apabullar por la rabieta de otros interesados en robárselo. Sus verdaderos dueños serían los indígenas. A quienes los españoles –con violencia– se los quitaron en un verdadero festival de codicia y violencia.

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