En acre olor de tempestad

Abril 12, 2016 - 12:00 a.m. Por: Ramiro Andrade Terán

El exfiscal Eduardo Polémico Montealegre, desempeñó su cargo en un acre olor de tempestad. En su agitado desempeño de Fiscal General, sonaron todos los timbres. Peleó por todo, con todas las armas a su alcance y no dejó títere con cabeza cuando encontró personajes que discrepaban de sus actuaciones.Un duro el señor Montealegre. Que sale -lanza en ristre- cuando alguien contraría sus imperiales juicios.El exdiputado Sigifredo López fue uno de los afectados por la iracundia del exfiscal. Incriminando por supuestos delitos con más imaginación que veracidad. Sandra Morelli recibió ruidosas recriminaciones por su petición de explicaciones del desastre de la EPS Saludcoop.Montealegre se excedió y metió las manos donde no tenía atribuciones para hacerlo: al convocar un paro de jueces, o negar la obligación del parlamento de “legislar las reformas constitucionales y legales que se requieran”.Fue más allá al convertirse en beligerante al opinar sobre el tema del proceso de negociación de La Habana, que no era de su competencia. Y sus juicios sobre asuntos públicos sobre lo que tenía obligación de castidad verbal. Con su retiro se puede corregir esa vena torrencial en lo humano y lo divino en la Fiscalía. Hay que reconocer al doctor Montealegre como personaje honesto, inteligente, versado en temas jurídicos, que no traga entero. Pero su locuacidad y su gula por intervenir en cuestiones de interés nacional, le hacen daño a esa entidad. La discreción es benéfica para el manejo de los asuntos claves del Estado.En un certero editorial de este diario publicado el martes 29 de marzo: ‘No mas protagonismos’, se hizo un objetivo, descarnado, y sensato examen del asunto. Se pidió “mejorar el papel de la Fiscalía en el rescate del sistema judicial, alejado de pretensiones distintas a la dirección de uno de los organismos más importantes para prestar el servicio público que garantiza la paz, la aplicación de la ley y la persecución sin tregua al delito”. La exigente tarea de los altos funcionarios públicos, no puede convertirse en escenario para alimentar la autoestima del interesado; o en puente para sus aspiraciones a la Presidencia. Como ocurre en tantos casos. Es un acto de honesto y bien desempeñado trabajo al servicio de los mayores intereses de la nación y beneficio de los compatriotas. Salirse de ese marco en inadmisible.El protagonismo en las altas posiciones del Estado deforma la gestión de quien la ejecuta.

VER COMENTARIOS
Columnistas
Publicidad