El último califa

Marzo 01, 2011 - 12:00 a.m. Por: Ramiro Andrade Terán

Fue el último Califa en la historia de Egipto. Gobernó por 30 años la nación más importante -y compleja- del mundo árabe. Aspiro a seguir en el poder hasta su muerte y fue barrido por una incontenible marejada popular. Tuvo el apoyo de Occidente y -en particular- de Estados Unidos. Moderado en política y en su gobierno, fue pieza clave para contener la expansión del fundamentalismo islámico. Dispuesto a barrer la civilización occidental y sus naciones más representativas. Mubarack -de quien escribo- hizo parte importante de la historia del mundo árabe. Con su carga de violencia, enfrentamientos, golpes de Estado y -al tiempo- altas expresiones culturales y artísticas.Culto, inteligente, experto en sobrevivir a crisis políticas, duró tres décadas al frente de una nación que convirtió en favorita de Occidente con un papel conciliador en los conflictos internos y externos del musulmán. Mubarack impidió que el terrorismo, con su carga de sigilosa brutalidad llegará al poder en su patria.No gobernó en democracia. Lo hizo con un estilo personal autocrático: pero no fue un dictador vulgar. Mantuvo a instituciones como el Congreso -al que convirtió en dócil instrumento- o el poder judicial. Con mano dura contuvo intentos para aclimatar la democracia. Occidente terminó por darle apoyo a condición que actuara como dique contra el extremismo islámico y el terrorismo sigiloso de sus células. Encargadas de realizar atentados y colocar bombas en las capitales del mundo.Leal amigo de Norteamérica, los gringos le devolvieron el favor dejándolo solo en la crisis que lo obligó a dimitir. Hará falta en el escenario del mundo árabe y en el esfuerzo internacional para la paz. ¿Qué vendrá en Egipto con su retiro? Nadie lo sabe con exactitud. Ni siquiera los generales del Ejército a quienes Mubarack les dejó -con habilidad- la difícil misión de organizar el nuevo gobierno y la petición de democracia formulada por millones de manifestantes en las plazas públicas. Una tarea con dimensiones colosales. No se trata de un relevo cosmético en el palacio presidencial, sino del inicio de una nueva era en una nación clave en el destino del mundo árabe. Fiel de la balanza en el agitado proceso que allí se vive, y amiga de Occidente en una etapa donde el terrorismo libra una guerra a muerte, sigilosa y letal, contra la civilización y los valores de Occidente, Mubarack deja un vacío sensible en una nación perturbada por conflictos políticos y sociales.

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