El silencio de las armas

Julio 21, 2015 - 12:00 a.m. Por: Ramiro Andrade Terán

Es vital devolver a la nación la paz, alterada por más de cincuenta años. Ese vital proceso no termina con la firma del acuerdo que silencia las armas. Es, el comienzo –grato, luminoso, indispensable– de una segunda etapa clave para reconstruir el daño inmenso que el conflicto causó a una nación que –de no haber soportado el salvaje flagelo– estaría a la cabeza del desarrollo en América Latina. Ese propósito de pacificación, es complejo, arduo, delicado, y de astronómico costo para terminar la lucha. Es requisito obvio la segunda etapa: sembrar la pacificación. Resolver la situación de miles de desplazados que huyeron del campo para salvar su vida de una violencia despiadada; encontrar solución al problema de los desmovilizados. Que no pueden quedar hacinados en las ciudades, para terminar en organizaciones delictivas. Eso y mucho más, como la reconstrucción del campo azotado por esa violencia irracional y otras obras materiales, de altísimo costo están estudiadas –por lo menos en su etapa inicial– por el gobierno de Santos. Quien aspira a pasar a la historia como el Presidente de la paz. Título y gestión a la que dedica, con encomiable rigor, su mayor esfuerzo. Sería una feliz y trascendental noticia la firma del acuerdo, que ponga fin a la matanza –estéril y brutal– de medio siglo. Pero eso es, apenas, el comienzo. El gobierno y la sociedad tendrán que aplicar todo su esfuerzo a la segunda etapa de reconstruir lo pedido; resolver el problema social de desmovilizados; y pacificar los espíritus. No en balde pasan cincuenta años de ese carnaval de muerte, locura y destrucción que azotó un país que ha vivido todas las desgracias. Quedan perniciosas secuelas de la guerra, que hay que superar. Y desgracias que exigen acción inmediata.Como ya se ha escrito en esta columna, la paz es con todos. Cada quien tiene su cuota, en la medida de sus posibilidades, para devolver a la patria lo perdido. Como ocurre en cualquier guerra, terminado el enfrentamiento armado, lo que viene es compromiso de gigantes proporciones. Reponer toda la destrucción y el perjuicio que se hizo; atender las necesidades de los damnificados por la absurda confrontación y sanar los espíritus del daño sicológico causado. Esa es parte esencial de esta empresa colectiva que compromete a toda la sociedad y debe iniciarse cuando Estado y guerrilla pongan fin al inútil y siniestro conflicto.

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