El placer de leer

El placer de leer

Marzo 11, 2014 - 12:00 a.m. Por: Ramiro Andrade Terán

Los libros son mi vida, mis amantes, mi gran deleite, fuente de sabiduría, universidad libérrima. Con ellos he derrotado la melancolía, los estragos de la soledad y el desamor; la niebla de la ausencia; los golpes de la pobreza y el olvido. Siempre fieles, amigos entrañables en el velador de la alta noche, entregan sabiduría, conocimiento de la belleza y ruindad del mundo -insobornables- con su crónica de los amores, la felicidad, el dolor y los conflictos del hombre. Leer -para mí- es un supremo deleite que nunca termina. Hay que leer más y más: con ávida curiosidad, poseídos de un deseo casi sexual y afán inagotable de conocimiento. Al punto que si el libro no está a mano en el velador de la noche, el sueño no viene. Leer es una exigencia que devuelve ese afán con su regalo supremo: deleite, conocimiento, vivir por unas horas en un mundo nuevo, afán por la historia, juicios variados sobre el destino de la humanidad, odio a la tiranía y apoyo a la libertad. Donde no penetra ningún maestro, llega el libro: destruye o consolida; exalta la verdad y crucifica el engaño. Sería largo reseñar su influencia en la historia de la libertad la justicia, sin reclamar nada distinto a un mínimo espacio en la biblioteca.Los escritores han escogido un duro camino de soledad y pobreza, de aislamiento e indiferencia por el mensaje escrito. Son parias en una sociedad que los considera sospechosos. Cada vez más la gente pierde interés en los libros, aplastados por la dictadura de la televisión y otros deleite de la modernidad. El escritor es un extraño que no califica en la sociedad burguesa. Fuera de su placer intrínseco, el acto de leer crea un universo exclusivo donde el lector es soberano. Lo acerca a un mundo prodigioso. En la lectura de las obras escritas muchísimas personas sueñan con ser escritores. Pero la mayoría fracasa. Pocos llegan a la tierra prometida. Escribir es un gozo supremo y tarea en extremo compleja. Que deja a la mayoría de quienes lo intentan fracaso. O los convierte en críticos amargados de quienes llegan al cielo exclusivo de los autores famosos. Hay que leer sin envidia, con el cerebro atento, y despiertos al mensaje que deja, hasta quedar prisioneros de su provechoso encanto y su enseñanza. Los libros son uno de los pocos placeres que existen a un costo mínimo y una tranquilidad ya muy escasa en nuestra turbulenta sociedad de consumo.

VER COMENTARIOS
Columnistas