El gran negociador

El gran negociador

Enero 26, 2016 - 12:00 a.m. Por: Ramiro Andrade Terán

Inteligente, ilustrado, de limpio pasado, Humberto de la Calle es el mejor negociador de la paz que tiene el país. Lo demostró al frente de la delegación en La Habana, gestora del pacto con las Farc, que volvió esperanza a una nación que la había perdido. O en exposición reciente -sobria, clara, de convincente lenguaje- que hizo para informar sobre el proceso que, después de 50 años, traerá la paz. Su papel en la disolución del problema fue clave para terminar ese inicuo drama de violencia, que llevó a que se catalogara a Colombia entre las cinco naciones más violentas del planeta.El Estado tiene el deber de garantizar a la sociedad paz permanente. Eso no ha ocurrido en Colombia. La magnitud y extrema violencia del enfrentamiento, su generalización, la presencia del narcotráfico (entre otras razones) hace más compleja la lucha con una guerrilla que se logró debilitar en el escenario militar, pero no liquidar. Décadas de salvaje confrontación, la convirtieron en drama que parecía sin final. Presidentes no lograron erradicarla. Con capacidad económica y armamento de última generación, el grupo de las Farc se mantuvo. Hasta que las partes entendieron lo inútil de esa lucha que no tenía razón apreciable y había perdido objetivos políticos.El cese de hostilidades es principio -pero no fin- de años de lucha sin cuartel. Es obvio que el silencio de las armas es indispensable para un acuerdo permanente de paz. Pero -después de ese suceso inicial- viene segunda etapa: sembrar la paz. Hacerla visible, duradera, con apoyo de toda la sociedad. Con hechos de concordia -complejos, costosos, pero indispensables- que garanticen que un nuevo enfrentamiento no volverá. A ese empeño -noble- tanto el gobierno, como la sociedad en su conjunto, tendrán que entregar resuelto apoyo. Como se ha dicho tantas veces: “A la paz hay que meterle pueblo”. En nuestra patria, eso es imperativo si se quiere que el proceso pacifista perdure.Cuesta entender el propósito de instaurar el comunismo cuando ya se advertía su decadencia, después de su estrepitoso derrumbe en Moscú. Fracasada esa estrategia (con cambio perceptible en el poder mundial por la presencia de un tercer bloque de poder liderado por China y los asiáticos que pueden tratar de igual a igual a Norteamérica) se abrió camino el diálogo civilizado, que culminó en las reuniones de La Habana. Hay que mantener la paz con esfuerzo unánime. No podemos repetir la funesta, irracional experiencia, de una guerra que estuvo a punto de acabar con nuestra democracia y destruir el Estado Social de Derecho. La paz que se logre debe impedir que esa amarga experiencia vuelva a presentarse.

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