¿El fin de la democracia?

Abril 22, 2014 - 12:00 a.m. Por: Ramiro Andrade Terán

La abstención electoral “crece y crece como la luna llena”. La frase es de Neruda, y viene al caso. El fenómeno abstencionista llegó, en la última jornada electoral, a un 70%. Eso quiere decir -en plata blanca- que una minoría de un 40% elige el Congreso y no sería sorprendente que al próximo Presidente. Si esto no es una crisis política total: ¿Cómo puede llamarse? No hay duda: la Nación tocó fondo. Los partidos perdieron su identidad ideológica, el respeto y la adhesión ciudadana, su capacidad para determinar el rumbo de la Nación y su condición de agentes para la solución de apremiantes problemas nacionales y ciudadanos. Esa crisis es responsabilidad de la dirigencia política que -con escasas excepciones- se dejó llevar por la corrupción, el imperio del dinero fácil y la descomposición en el manejo del Estado. Si la abstención sigue progresando, en pocos años habremos llegado a un 20% de ciudadanos que eligen. El final de la trama. El epitafio de la democracia de una nación que la ha tenido y quiere conservarla después de 50 años. Esa situación en extremo crítica no preocupa a los dirigentes políticos, ni al más afectado por ella: el pueblo. A quien un colapso de nuestra imperfecta democracia, dejaría sin el voto. Que es el derecho que -cuando se ejerce- consagra al ciudadano como un hombre libre. Mientras tanto, crece el abstencionismo: líder de los comicios más recientes. ¿Qué tal un presidente elegido por un 38 o 35% de los habilitados para ejercer el sufragio? Sería el certificado de defunción del sistema democrático que aún se mantiene, cada vez más débil, más frágil, con pobres resultados electorales.La clase dirigente de la política y los congresistas que tienen poder para cambiar las leyes, están satisfechos con semejante aberración. Entre menos votos se necesiten para lograr la curul, más fácil será llegar al parlamento. Que ya no es -como ocurrió en el pasado- la casa de ilustres colombianos, sino un recinto donde abundan personajes dudosos. Por supuesto que hay allí personas de altas calidades, expertos en los problemas públicos. Pero son una minoría sin votos suficientes en el Senado y Cámara, para decidir sobre los proyectos de ley que el país necesita. Soy partidario del voto obligatorio como remedio para evitar la muerte por abstención de nuestra débil democracia. Es medida extrema y antipática, pero medicina única para salvar el sistema democrático.

VER COMENTARIOS
Columnistas
Publicidad