Defensa de los gatos

Febrero 03, 2015 - 12:00 a.m. Por: Ramiro Andrade Terán

Los gatos -que tanto amaron grandes escritores y artistas- están indefensos. En un periódico capitalino, se lee que unos idiotas redomados -insensibles al dolor de los bellos animalitos- organizaron una mal llamada “carrera” de gatitos. Algunos obligados a “correr” sujetos a cuerdas que les impedían respirar. Una tortura de un grupo inglés, dedicado a esta suerte de malignas atrocidades. A quienes debería aplicarse la siniestra operación.Agredir indefensos animales ofende la dignidad del hombre. Que, por su condición de ser superior, inteligente, debe protegerlos. Es un acto de suprema cobardía y atentado contra normas de la decencia, aprovecharse de la indefensión de los felinos. Que -como los perros- deben ser protegidos, cuidados, disfrutados, por los que -se supone- somos seres superiores con sentido claro de lo maligno. Resulta acto ruin, torturar animales, con pretexto de diversión. O someterlos -como pasa con caballos de tiro- a largas y extenuantes jornadas de 12 a 14 horas: mal comidos, padeciendo sed, y con laceraciones dolorosas.Existe una Sociedad Protectora de Animales. Pero, ¿qué tan efectiva es? No tengo duda de la calidad humana de sus miembros, su respeto y compasión por animales, sometidos a jornadas inicuas, apaleados por sus dueños, mal tenidos. Pero me temo que la eficacia de ese organismo, que tanto se necesita para protegerlos de malos tratos, no es suficiente. Ignoro si la Sociedad Protectora “no tiene dientes”. O por su escaso personal y las modestas sanciones contra esa conducta abusiva y salvaje, no actúa con suficiente energía. En escuelas, colegios y universidades, debería existir cátedra sobre animales, que mostrara su importancia y utilidad; su invaluable ayuda a familias y personas solitarias; su lealtad ilimitada. Y el sufrimiento que experimentan por el mal trato. Al paso que -en las leyes debería existir - ¿existe?- una que establezca sanciones drásticas a quienes abusen de ellos. El que haga sufrir a un animal, debe pagar por ese acto innoble y miserable. Y si no tiene como atender la sanción respectiva, unos días de cárcel no le vendrían mal para que recapacite sobre la averiada naturaleza de sus actos y su crueldad infinita. Es habitual el cuadro del jamelgo a punto de desplomarse, tirando de un peso tres o cuatro veces superior a lo normal. Eso no parece importarle a nadie. Se ha perdido el sentido de la equidad, la compasión, el derecho de esos fieles amigos, a ser tratados sin torturas que se volvieron habituales. Esa acción miserable tiene que terminar.

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