Compañero fiel

Diciembre 17, 2013 - 12:00 a.m. Por: Ramiro Andrade Terán

Todavía quedamos un pequeño ejército de gente, periodistas y escritores, que combatimos por una causa sagrada: la vida de los libros. Que salen de las imprentas a librar una desigual batalla contra los medios modernos de comunicación, verdugos que los sustituyen poco a poco. El libro que -por siglos- fue el camino de la sabiduría, desde los remotos tiempos en que monjes de clausura los hacían en la soledad apacible de los conventos. El libro: fuente de la sabiduría y amigo que nunca conoció la traición; que iluminó la mente de los grandes sabios de la historia de la humanidad; silencioso pero lleno de vida interior, forja de la voluntad del hombre en su camino a la libertad; inerme combatiente por la verdad, el gozo intelectual, la madrugada del progreso universal y el deleite para erradicar el tedio. Testimonio de gozo y angustias, de la caída y recuperación de las sociedades. Y -en ocasiones- formidable mariscal de la libertad y guerrero sin par contra las tiranías y la corrupción. Todo debe la humanidad al libro que guarda, consagra, enseña y lega, quita y pone Rey. En esta hora turbulenta donde soporta el yugo de la televisión que invadió la mente y el juicio de la gente, los libros dan su batalla -llenos de sabiduría- modestos, recolectos, apilados en las paredes de ya pocos hogares; compañeros en la soledad de la alta noche: limpios de las trampas de la información tecnificada y manipulada. El libro sigue allí -curando sus heridas -devolviendo a quien lo ama y disfruta, saber, verdades y mentiras de la gesta colectiva: testimonio de quienes hicieron la historia luminosa o la traicionaron por el poder y el dinero. Todo lo guarda en su discreta sencillez; bálsamo para la soledad y rayo para la mentira.¿Cuántos libros se venden en Colombia? No lo sé. El volumen de ventas -comparado 20 años atrás- es inferior. La gente ya no lee tanto como hace 50, 30 o 20 años. Vender libros es -para sus autores- una de las tareas más complicadas y poco retributivas en el presente. Ya se dijo: la televisión se devoró por lo menos la tercera parte de la clientela del volumen escrito. Pero -en fin- ¡allí vamos! Con la bandera al viento. Y la alegría de saber que ese hijo fiel de nuestra pluma anda de mano en mano, de cabeza en cabeza; penetrando, dando ideas, sembrando en qué pensar, combatiendo por lo bueno que aún queda en el planeta, y mostrando el delito y la mentira. Dejaré de escribir hasta que la pluma se caiga de mi mano.

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