Asamblea Nacional

Junio 16, 2015 - 12:00 a.m. Por: Ramiro Andrade Terán

El expresidente Darío Echandía inventó una frase que hizo carrera: “¿El poder, para qué?”. Me adhiero a su idea y pregunto: ¿El congreso, para qué? Corro el riesgo de recibir regaños al expresar, con franqueza y respeto por los actuales congresistas, mi punto de vista que viene de los 22 años que fui miembro de la Cámara y Senado.Al Congreso lo dejó el tren de la historia; se envejeció; se llenó de vicios, como el ausentismo, que tanto disgusta a la gente. Se convirtió en apéndice del Ejecutivo, que lo maneja por vía de las prebendas burocráticas: puestos por leyes. Magnífico negocio para el gobierno que las propone. Si el Congreso no tiene independencia del gobierno, autonomía en legislar, no corrige a fondo los vicios de ausentismo, y garantiza absoluta transparencia en la expedición de las leyes, sería mejor cerrarlo. Es imposible olvidar algo muy serio: la sociedad -en todos sus matices- perdió confianza y respeto en una institución que debe fiscalizar al gobierno y defender intereses populares. Tiene que respetarse un organismo que tiene en sus manos -nada más y nada menos- el control político del Estado. Si eso no ocurre su existencia no se justifica. Hay más retórica que acción en el Congreso para desnudar corrupción, malos manejos, ineficiencia en la gestión pública. Se han propuesto variadas reformas para que funcione. Ninguna ha dado resultado. El Congreso no cambia. Los que cambian son los gobiernos, que aprendieron hace rato la fórmula para tenerlo bajo control: puestos en el Ejecutivo. Y ‘santas pascuas’. Además de obras regionales -no muchas- que se hacen para satisfacción del grupo que las gestiona. A grandes males, grandes remedios reza la sabia, sentencia. Pienso que el Congreso actual debe desaparecer, reemplazado por una Asamblea Nacional Legislativa. Que acabe con las dos instancias que hoy tienen las leyes. Más reducida en el número innecesario de miembros actuales, y que aumente los días de trabajo de ese cuerpo colegiado. Una sola entidad: ágil, con un reglamento nuevo que duplique la capacidad actual de reunión; y acabe con la inútil cantidad de requisitos, idas y venidas, reglamento inocuo y hojarasca en las comisiones. Que se refleja en el lento análisis de los proyectos de ley. Hay una situación clara: al Congreso hay que darle un tratamiento de emergencia, hacerle cirugía que lo rehabilite. O un día le pondrán la leyenda: “Se alquila este local”.

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