Alfonso Palacio Rudas

Alfonso Palacio Rudas

Junio 19, 2012 - 12:00 a.m. Por: Ramiro Andrade Terán

Fue, ante todo, un gran liberal. Un escritor que repartía sabiduría en el diálogo. Un lector dueño de la biblioteca más numerosa y selecta del país: con libros en español, inglés, francés, alemán y ruso. Un humanista, en síntesis, ajeno a pasiones menores. Con irreductible sentido de la ética y honestidad a toda prueba.Debió ser presidente. Pero en altos cenáculos de la política se le negó ese honor por algo simple: no fue un político sumiso y no perteneció a las camarillas de la época. Siempre actuó con clara independencia. Fustigó el clientelismo en su partido. Era un hombre diáfano que nunca se encontró cómodo en el mundo de la mediocre tropilla que manejaba las colectividades como una finca productiva, en beneficio personal y a distancia de los problemas sociales del momento. Era un hombre culto, de brillante conversación y estudioso de las ciencias económicas y sociales. Eso lo hacía sospechoso en el mundillo de la política vacía de la época y sus mediocres protagonistas, más interesados en los puestos públicos que en tener un sitio en la historia.Perteneció a la generación que se formó al lado de Alfonso López Pumarejo: el padre de la ‘Revolución en marcha’. Un movimiento que llevó al liberalismo a una de las etapas más brillantes de su historia. El ‘viejo López’ -como fue llamado- tenía ojo certero para distinguir entre los jóvenes que marchaban a su lado, a las inteligencias más notables y con mayor capacidad para manejar los problemas públicos. Como fue el caso de Alberto Lleras y Dario Echandía: que fueron presidentes. El liberalismo tuvo en el viejo López una figura estelar, que formó un brillante equipo de gobierno y protagonizó una revolución democrática. Muy combatida por una alianza reaccionaria que terminó por frustrarla.El país le quedó debiendo mucho a Palacio Rudas. Debió ser Presidente. Si hubiera llegado a esa alta dignidad, otra sería la historia del liberalismo. Pero lo impidió una coalición retardataria y anticuada de la que también hicieron parte sectores de un liberalismo trasnochado y envejecido, enemigo de los urgentes cambios que la sociedad de la época demandaba.Por estos días se celebran 100 años del nacimiento de Palacio Rudas. Hay que rescatar su altiva figura democrática; publicar libros con sus ensayos políticos y practicar su frase famosa: “No hay que tragar entero...”. Algo que el liberalismo debió adoptar como uno de sus postulados esenciales.

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