Se necesita un estadista

Octubre 18, 2013 - 12:00 a.m. Por: Rafael Rodríguez Jaraba

Si el presidente Santos no tuviera ilusionada a Colombia con el logro de una paz incierta, su gobierno afrontaría una profunda crisis de gobernabilidad.Independientemente del anhelo de alcanzar una paz sin impunidad, es evidente que sin el respaldo de la política de seguridad democrática, Juan Manuel Santos hubiera podido llegar a la Presidencia y por ende a negociar la paz. También es evidente que malogró un mandato abrumador que recibió sin merecerlo y que defraudó a millones de electores que reconciliados con la institucionalización del país votaron por su fortalecimiento. Santos lo tuvo todo para modificar el rumbo de la Nación, pero la carencia de una visión prospectiva de Estado y de políticas coherentes para enfrentar los grandes problemas, han hecho que entrado el final de su gobierno no pueda mostrar resultado positivo distinto al de seguir negociando una paz a costa del sometimiento de la democracia, que de lograrse seguro tendrá como condición premiar la felonía y violentar la legalidad.No hay duda que su estrategia, propia de un político utilitarista y no de un estadista inspirado en principios, valores y convicciones, lo llevaron a usar la paz como aglutinante de una sociedad hastiada de la violencia, obteniendo buenos dividendos mediáticos, para su infortunio se desvanecen ante el realismo que ahoga la esperanza de que el narcoterrorismo esté dispuesto a someterse al Estado de Derecho, sin exigir a cambio jugosas e inaceptables condiciones y prebendas.Los bandazos y contradicciones del Presidente, su vanidad extrema, la superficialidad de sus ideas y el uso desmesurado del erario para financiar la imagen de un gobierno afecto a los anuncios más que a los hechos, han desmoronado la confianza y sometido a escrutinio su obra.Y es que a menos de un año de terminar su mandato, el Presidente no puede mostrar una sola reforma que haya modificado la inercia social y económica. Así lo demuestran las perversas y bien fracasadas reformas a la Educación y la Justicia, así como la anarquía causada por las regresivas reformas tributarias, que en esencia, aumentaron el déficit fiscal, premiaron el capital, castigaron el trabajo, profundizaron las exenciones, dejaron en el limbo financiero a agencias del estado y aumentaron la elusión y la evasión.No siendo poco tamaños fracasos, el Gobierno insiste en promover de manera atropellada una reforma a la salud, que se está aprobando de manera irresponsable por un Congreso deslegitimado. Antes que promover reformas sectoriales, lo ideal era que el Gobierno hubiese ajustado el modelo económico y en un plan de desarrollo integral hubiera propuesto reformas armonizadas para articularlo, empezando por una financiera para devolverle la equidad al mercado, detener la concentración de riqueza y generar expansión económica y progreso social.Pero la realidad es bien distinta y Santos insiste en más reformas, y en las postrimerías de su gobierno también quiere imponer una aduanera, la que anuncia como estructural y vanguardista y que de aprobarse haría que Colombia antes que avanzar retrocediera en comercio exterior y que la Dian se convierta en una policía aduanera propia de las épocas más oscuras del proteccionismo. Preocupa que esta reforma mimetice una nueva tributaria, la tercera del cuatrienio.El país debería pensar con criterio cívico y converger hacia una candidatura nacional con un estadista y no con un político. Ojalá que Álvaro Uribe y los precandidatos de su movimiento, en un acto de sensatez depusieran sus intereses en favor de Enrique Peñalosa, líder visionario y aventajado planificador, capaz de consolidar la democracia y avanzar en la modernización del país.

VER COMENTARIOS
Columnistas