Revaluación, prosperidad o adversidad

Agosto 13, 2010 - 12:00 a.m. Por: Rafael Rodríguez Jaraba

En las economías sanas la revaluación es síntoma de prosperidad, en Colombia de adversidad. Ojalá que la que estamos afrontando sea originada en el acomodo de las fuerzas del mercado y no en la colusión de los intermediarios cambiarios.Si se pretende analizar sus causas y efectos, es preciso renunciar al prejuicio ideológico, al interés personal y a la conveniencia coyuntural. En condiciones de mercado abierto, tasa de interés estable y baja inflación, la revaluación mejora el poder adquisitivo de la moneda y provoca su expansión; disminuye el ingreso por exportaciones y rebaja el costo de las importaciones; reduce el ahorro y la deuda en moneda extranjera; deprecia las reservas y favorece el endeudamiento externo; abarata, bienes, materias primas, insumos, mercancías, servicios y tecnología, provenientes del exterior.Estremece a los sectores acostumbrados a aumentar sus ingresos por efecto de la devaluación y no de la productividad, abocándolos a lograr mayores rangos de eficiencia, eficacia y economía en sus procesos industriales y comerciales.Alienta el comercio, estimula la competitividad, ensancha la demanda, eleva el poder adquisitivo del salario, disminuye la concentración de la riqueza y mejora la redistribución del ingreso.Por lo general, la industria aboga por el proteccionismo y la devaluación; el comercio por la liberalización y la revaluación. Administrar estos intereses encontrados exige sabiduría del Estado. Si bien el comercio genera mayor empleo y mejor redistribución, los intereses de la industria prevalecen.Es claro que la inserción al comercio mundial, la diversificación de las exportaciones, el superávit comercial, la expansión de la demanda interna, el debilitamiento del dólar, la estabilidad jurídica y fiscal, el respeto por la iniciativa y la propiedad privada, y el arribo masivo de capitales a la captura de oportunidades, ventajas y exenciones, crean el escenario perfecto para la revaluación.El modelo devaluacionista promovido por los influyentes, y por ventura, decadentes economistas del ‘Decenio Perdido de los Sesenta’, acostumbraron a las naciones pobres a tener moneda devaluada, al punto que pregonaban sin rubor, que su apreciación traía recesión y pobreza.La competitividad del país ha estado supeditada a la devaluación, que aplicada al crecimiento de las exportaciones aumenta el ingreso sin aumentar el trabajo, pero que frente a las importaciones, fortalece la hacienda pública, encarece los precios, restringe el consumo y reduce la capacidad de compra de la población.Nada más promisorio para una nación emergente, que su inserción al comercio mundial. Pero para que la inserción sea sostenible, debe fincarse en factores de productividad y competitividad, y no en obstrucción arancelaria y distorsión cambiaria.Mantener la devaluación como política absolutista a ultranza, es provocar la reducción del bienestar general y la creación de más subsidios y exenciones que terminan aumentando el gasto, el déficit, el endeudamiento y finalmente los impuestos.Antes que tarde, la unificación internacional de los medios de pago hará de las fluctuaciones cambiarias un referente del pasado. Entretanto, que no se olvide que existen instrumentos de cobertura de riesgo cambiario.

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