Presidente o diplomático

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La crisis que afronta la Nación supera la imaginación. El aleve atentado...

Presidente o diplomático

Junio 26, 2012 - 12:00 a.m. Por: Rafael Rodríguez Jaraba

La crisis que afronta la Nación supera la imaginación. El aleve atentado del Congreso contra la institucionalidad del Estado, mancilla la historia republicana de Colombia y compromete su tradición democrática.El más duro calificativo que se utilice para reprobar la conducta del Congreso resulta indulgente, frente a la gravedad de la falta cometida y las insospechadas consecuencias que de ella se derivan.Para conjurar la crisis, la Corte Constitucional debe declarar inexequible la reforma a la Justicia, y de no hacerlo, la Nación en defensa de la democracia deberá revocarla mediante Referéndum.No es procedente que el Presidente de la República objete la reforma, como erráticamente lo anunció, en un intento por mostrase redentor y como siempre lo hace, eludir su responsabilidad política, pues se trata de un Acto Legislativo y no de una ley ordinaria.Lo ideal sería, no sólo que la Corte Constitucional declare inexequible la reforma, sino que además se pudiera revocar el mandato de los desvergonzados congresistas que la aprobaron, empezando por el destemplado Simón Gaviria, quien de tener el menor asomo de dignidad debió haber renunciado como lo hizo el incauto Ministro de Justicia.Es claro, que independientemente de la autonomía que tiene el Congreso para legislar, el gran responsable de este desvarío institucional es el presidente Santos, quien una vez más demostró incapacidad para liderar su bancada en el Congreso.Santos prefirió plegarse al apetito burocrático de algunos magistrados y a los despropósitos de su bancada clientelista, que atender y estimar los prolijos estudios y recomendaciones que notables juristas formularon para que la reforma le restituyera el imperio a la Justicia y garantizara su administración. No fueron pocas las voces que Santos desoyó, que vaticinaron el dantesco desastre que hoy sacude a la Nación.Su ambigua y vacilante forma de gobernar, que revela debilidad de carácter, mina la confianza y credibilidad en sus capacidades. Su liderazgo mediático a costa del erario, día a día se erosiona y desmorona. Su vanidad sensible a la aprobación general, propia de diplomático asustadizo en territorio extranjero y contraria a la de un estadista firme y leal a sus ideales, valores y convicciones, lo induce a vender por nada la derrota y hacer de ella triunfos.Su costumbre de halagar opositores para neutralizarlos, en cambio de enfrentarlos y confrontarlos, hace que se vea débil con los fuertes y fuerte con los débiles. Su postura dócil ante el turbulento trámite que tuvo la reforma a la Justicia, contrasta con su arrogancia frente a estudiantes y académicos en la también fracasada reforma a la educación. A diferencia del talante frontal de su mentor y hoy culpable de su elección, por dolerse fácil a la reprobación, Santos negocia o se acomoda a todo. Negoció y se acomodó a una reforma que supuestamente acabaría los males y desmanes de la Justicia y al final sólo logró propiciar la más profunda crisis institucional en la historia reciente de Colombia.Entre tanto, la sociedad no sale de su asombro, la seguridad democrática se debilita y la hacienda pública se pauperiza con la pomposa política populista de la Casa de Nariño.Toquemos fondo: Por civismo y dignidad, para Gobernador votaré en blanco. Si el voto en blanco es mayoría se inhabilitan por cuatro años todos los aspirantes. Deberían también de inhabilitarse quienes los propusieron.

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