La paz o el Nobel de Paz

Septiembre 09, 2013 - 12:00 a.m. Por: Rafael Rodríguez Jaraba

La paz es un bien inestimable anhelado por todos, salvo por los que se lucran con su ausencia o se valen de ella para ganar protagonismo.La sentida necesidad de alcanzar la paz no nos debe inducir a la ingenuidad, y menos a renunciar al ideario de valores y principios democráticos. Cualquier esfuerzo por lograr la paz es loable, pero su consecución no debe premiar criminales y burlar a inocentes.Alcanzar la paz bajo la intimidación del malhechor, que obtiene capacidad para negociarla, prometiendo suspender sus fechorías a cambio de exigir caras prebendas, constituye una rendición velada del estado, una claudicación de la ley y un premio a la felonía.El presidente Santos sigue sin entender que en la Colombia de hoy el único diálogo posible con criminales debe estar condicionado a la libertad inmediata de secuestrados; al cese de actos terroristas, extorsiones, secuestros y narcotráfico; y, a la inmovilización, entrega de armas y sometimiento incondicional a la justicia.Cualquier negociación que ofrezca privilegios económicos, dádivas políticas o exenciones penales constituye un quebrantamiento de la legalidad y un manifiesto desacato al Estatuto de Roma, tratado universal de imperativo cumplimiento para Colombia.Que no se olvide que el Estatuto de Roma, que administra la Corte Penal Internacional, no admite ni permite que los delitos de lesa humanidad, por ser imprescriptibles, sean objeto de amnistía, perdón, condonación, absolución u olvido.Pero del gobierno Santos y del actual Congreso todo se puede esperar. Que no se olvide, que con un “Yo respondo” Santos modificó de facto la Constitución Nacional y “acuñó” una nueva forma de dejar sin efectos los Actos Legislativos. A menos que el Presidente pretenda desconocer el Estatuto de Roma, podrá su gobierno premiar la villanía, hacer concesiones y conferir status político a terroristas.No deja de asombrar que el Gobierno tenga como mediadores de paz, a la ruinosa dictadura cubana, campeona de la represión y el totalitarismo, y al régimen venezolano, amigo y anfitrión solapado de criminales. La participación de los Castro y de lo que queda del desvencijado régimen chavista, más que facilitar el logro de una negociación, convalida las barbaries cometidas por estas ‘democráticas dictaduras’.Fueron muchos los que inicialmente se mostraron complacientes con las negociaciones de Cuba; hoy a ellos se les debería preguntar, si están de acuerdo que se quebrante el Estatuto de Roma, que los delitos de lesa humanidad prescriban y que se remunere y premie al terrorismo. Es presumible que sus respuestas no sean tan optimistas como fueron sus precipitadas declaraciones iniciales.Los hechos y el derecho dan razones; el deseo tan solo ilusiones. Por eso no debemos razonar con el deseo, ni alimentar una esperanza antes fallida que bajo el asedio terrorista nos hizo soñar con una paz injusta.Así queramos la paz, no podemos transgredir la ley, premiar criminales y deshonrar inocentes. Colombia necesita una paz justa y no un Premio Nobel a una paz espuria. El presidente Santos debería dedicarse a gobernar, y no a seguir condicionado el futuro de Colombia a su extravagante egolatría.

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