La duda metódica en Harvard

Diciembre 10, 2011 - 12:00 a.m. Por: Rafael Rodríguez Jaraba

El Discurso del Método fue la obra cimera de René Descartes. Su fundamento era establecer verdades absolutamente ciertas para sustentar sobre ellas el conocimiento y darle certeza a su aplicación. El ejercicio de su Duda Metódica no admitía ningún conocimiento como verdadero sin evidencia probada y exigía observación rigurosa y análisis crítico, inmunes a prejuicios, dogmas y doctrinas. La debilidad del Método radicaba en que la superación de la duda dependía del criterio de quien lo aplicaba.Afortunadamente, la experimentación y las ciencias exactas han permitido disipar muchas dudas sobre muchos conocimientos, pero no sobre el criterio o sesgo ideológico de quienes los enseñan, aprenden o aplican.Ahora después de varios siglos, algunos anacrónicos críticos, aprovechando la crisis económica que agobia al mundo, pretenden vivificar La Duda Metódica para someter a ella las teorías de la Escuela Clásica, quizás en un intento velado por revivir el fallido modelo de Economía Central Planificada.La conmoción producida por la caída de las monedas y el desplome de los mercados ha llevado a muchos proteccionistas empíricos a renegar de la aplicación de las teorías clásicas y neoclásicas y sin conocerlas, o al menos intuirlas, a atribuirles la crisis.Asimismo, la confusión está invadiendo la mente de muchos jóvenes, que obstinadamente niegan la utilidad práctica de algunas teorías y conocimientos.La incertidumbre se ha propagado tan rápido, que ya llegó a las aulas de las más prestigiosas universidades del mundo, entre ellas Harvard, donde los estudiantes se retiraron de la cátedra de Introducción a la Economía alegando dudas sobre la eficacia de algunas teorías clásicas y protestando por el sesgo ideológico con que se enseñan.Someter a la duda teorías probadas, es un disparate; en cambio, someter a la duda el sesgo con que se enseñan, es un acto de sensatez.Es claro que los profesores más que informar, debemos formar personas con capacidad para observar, analizar y razonar; que no acepten doctrinas sin riguroso escrutinio crítico; que adquieran destrezas para advertir errores, imprecisiones, inconsistencias y confusiones; y que obtengan absoluta claridad sobre cualquier concepto antes de afirmarlo o negarlo, utilizarlo o descartarlo. De lograrse este noble cometido, la sociedad empezará a cambiar.Si bien en las aulas universitarias no se debe dudar de la ciencia, sí se debe dudar de la ideología de quien la enseña. Por su parte la sociedad, siempre debe dudar de la forma como los gobiernos aplican las teorías económicas, pues frecuentemente las distorsionan sin rubor, a su amaño y conveniencia. No son pocos los gobernantes que por congraciarse con sectores económicos dominantes, desatienden la obligación de regular e intervenir la economía, haciendo de la libertad del mercado un libertinaje lesivo a la población. Estos gobernantes son los causantes de la crisis, y a pesar de los cuantiosos daños y perjuicios que han ocasionado, siguen sin ser juzgados.Es claro que la crisis económica no la causó la aplicación de las teorías clásicas y neoclásicas; la crisis la causó la falta de ética de los gobernantes que las distorsionaron. La crisis no es de ciencia, es de ausencia de virtud.

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