Europa cercana

Diciembre 28, 2012 - 12:00 a.m. Por: Rafael Rodríguez Jaraba

Víctor Hugo y Wiston Churchill presagiaron un futuro común para Europa.El poeta francés dijo: “Llegará un día en que en Europa no habrá campos de batalla distintos al del mercado que se abra al comercio y al de los espíritus que se abran a las ideas”.A su vez el Premier británico, en inolvidable discurso pronunciado en 1946 en la Universidad de Zúrich manifestó: “Existe un remedio que en pocos años podría hacer a toda Europa libre y feliz; consiste en volver a crear la familia europea y dotarla de una estructura bajo la cual pueda vivir en paz, seguridad y libertad”.Siguiendo esas premoniciones, y gracias a los desvelos de Adenauer, Monnet, Schuman y Gaspieri, en 1957 se firmó el Tratado de Roma que selló la Unión Europea, depuso siglos de guerras y confrontaciones vecinales, y fundió las bases de una Zona de Libre Comercio que luego evolucionaría a Unión Aduanera.El Tratado de Roma más que un acuerdo integracionista, fue el triunfo de la ciencia sobre la ideología. A partir de su entrada en vigencia, la economía en Europa se empezó a regir por la racionalidad científica y no por la ideología política, tal y como lo había implorado 100 años atrás David Ricardo.Siguiendo el ejemplo europeo, a partir de 1960 en América se empezaron a suscribir acuerdos integracionistas, entre otros, Alalc, Aladi y el Acuerdo de Cartagena; pero el lento avance en estos acuerdos como consecuencia del populismo proteccionista de una clase política regresiva y retardataria, terminó aplazando la integración económica en la región.En reacción a este letargo Chile decidió avanzar en solitario y su decisión separatista le permitió convertirse en menos de 30 años, en una economía modelo, desvirtuando la perversa tesis que predica, que el subdesarrollo es endémico y no episódico.Chile es hoy la nación con mayor número de tratados de comercio suscritos, y el ‘milagro’ de su economía es resultado de su inserción al mercado mundial.No en vano, el tratado más innovador y avanzado que existe, es el que Chile suscribió con la Unión Europea en el año 2002, el que permite que cerca del 60% de las exportaciones chilenas vayan al exigente mercado europeo conformado por 27 naciones.La semana pasada y luego de 5 años de negociaciones, el Parlamento Europeo aprobó el TLC con Colombia, el que abre una anchurosa puerta de oportunidades que debemos aprovechar para consolidar la balanza comercial favorable que tenemos con Europa.Pero para que este promisorio intercambio germine, será necesario conquistar mercados distintos al de los commodities, lo que exige diversificar la canasta exportable e incluir en ella productos terminados de alta calidad, de marca y con denominación de origen, listos para su uso o consumo.También sería deseable que el Banco de la República interviniera para que se reduzca el costo del dinero, de manera que los beneficiarios del Tratado sean los exportadores y no las abusivas instituciones financieras.De estar vivos sería inmensa la satisfacción de los Padres de la Unión Europea al ver que el sueño de la integración no sólo se consolidó en el viejo continente sino que se extendió a otras latitudes.A ninguna nación le faltan fuerzas para progresar, lo que a muchas les falta es voluntad para hacerlo; la integración aumenta la fuerza y la disgregación debilita la voluntad.Bienvenida la integración con Europa.

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