Ética y fútbol

Julio 16, 2014 - 12:00 a.m. Por: Rafael Rodríguez Jaraba

Gracias, mil gracias Selección Colombia por vivificar la esperanza y por reagruparnos en torno a la nacionalidad. Ojalá que siempre estuviéramos unidos, no solo en alegrías o duelos, y avanzáramos juntos en la construcción de una patria mejor, lograrlo es cuestión de decisión.Ojalá que el ejemplo prodigado por Pékerman y sus muchachos, nos inspire a construir una unidad nacional fuerte, diversa y pluralista; monolítica, firme y solidaria, que nos integre en una fraternidad inquebrantable no solo en momentos de triunfos y derrotas. Ser colombiano debería ser la vivencia permanente de un ideario común de valores que aún no hemos construido.La Selección demostró que todo es posible salvo lo que no se anhela e intenta, y que la disciplina puede más que la suerte y la misma inteligencia, pues con ella se consiguen éstas.Ahora debemos empezar de nuevo, pero esta vez, con mayor alegría, decisión y confianza, y como bien lo hizo la Selección, es obligación de todos hacer lo máximo posible por modificar el presente para hacer promisorio el futuro.Si bien ya todo está consumado, la Federación Colombiana de Fútbol debió haber sentado un precedente por la manera en que fue eliminada la Selección, e impugnado de manera formal el nefasto arbitraje del juego con Brasil, denunciando justa inconformidad por la ocurrencia de hechos inequívocos, que si bien no fueron determinantes en el resultado, si evidenciaron una conducta impropia y por demás indecorosa en un juez al que se le confió tan grave y delicada responsabilidad.Para muchos, el árbitro si incidió en el resultado, no solo por su notoria parcialidad en favor de Brasil, sino porque sancionó un tiro de esquina inexistente que originó el primer gol brasilero, y luego, una falta imaginaria que propició el segundo; no siendo poco, anuló un gol legítimo a Colombia y violentó de manera flagrante el reglamento al no expulsar al arquero brasilero al cometer una falta artera que dio lugar al penalti que propició el gol colombiano.La compensación que hacen los malos jueces cuando faltan al sagrado deber de la imparcialidad es predecible y previsible, y explica la indulgencia con Camilo Zúñiga en una jugada, que si bien no fue premeditada, si merecía una amonestación formal y terminó excluyendo del torneo al intermitente y lloroso Neymar.Por su parte los medios de comunicación siguen sin denunciar los excesos y desafueros de la Fifa y de los organizadores de la Copa Mundo de Brasil. Es claro que la Fifa no aplica el Fair Play que predica y que su noción de ética es circunstancial; que nadie olvide la manera como adjudicó a Qatar la sede del Mundial 2022.A su vez, el pueblo brasilero sigue sin aceptar que la faraónica inversión realizada tenga tasa de retorno y sea en salud pública como lo quiere hacer creer el gobierno de la señora Dilma Rousseff. El Mundial de Brasil 2014 quedará en la memoria con una mácula imborrable, como la que le quedó al Mundial de 1978 que “ganó” Argentina para no desagradar a la Dictadura de Videla, a quien le sirvió de cortina perfecta para solapar las atrocidades de su régimen.Con el triunfo de Alemania ganó la disciplina y el buen fútbol; perdió la suerte y la felonía, y fracasó el intento de usar el fútbol como silenciador de la inconformidad social que provocan los gobiernos populistas de las señoras Dilma Rousseff y Cristina Fernández.¡Qué viva el fútbol!

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