El ocaso de Castro

Julio 13, 2011 - 12:00 a.m. Por: Rafael Rodríguez Jaraba

Conocí a Fidel Castro, ya entrado el largo ocaso de su revolución. Fue en noviembre de 1988 cuando asistí como Jefe de la Delegación Colombiana a la Cumbre Iberoamericana sobre Educación y Empleo celebrada en La Habana. Durante la Cumbre, estuve en tres ocasiones con Castro. La primera, durante una suntuosa recepción que ofreció en el Palacio de la Revolución. Recuerdo que con notorio atraso y en medio de la impaciencia de los invitados, Castro irrumpió en el salón de fiestas vestido de almidonado verde oliva. Era Castro en cuerpo presente; el contestatario, el insurgente y el dictador. Su presencia imponente creó temor reverencial y enmudeció a los asistentes. Departió con todos, vendió con solvencia los milagros de su revolución. Cerca de la media noche hable con él. En tono coloquial, evocó sus épocas de estudiante en Bogotá, su preocupación por la violencia en Colombia y sus desencuentros con el presidente Barco. Finalmente, en tono incisivo, me exhortó a apoyar una propuesta que Cuba presentaría durante la Cumbre. Pasada la media noche, se retiró. La segunda fue durante una mañana de campo, en la que visitamos las Granjas Revolucionarias, las cuales según Castro, garantizaban la seguridad alimentaria de la isla y la obtención de excedentes exportables. La tercera fue durante el viaje realizado a la Isla de la Juventud en el que Castro sirvió de guía. Visitamos los yacimientos de mármol, las Escuelas Revolucionarias y la prisión en la que estuvo recluido durante la dictadura de Batista. A la sombra de un frondoso árbol compartimos un almuerzo, durante el cual rememoró su gesta en la Sierra Maestra. La víspera de la clausura de la Cumbre, la delegación cubana me solicitó apoyo a una declaración de condena al embargo norteamericano, la cual rehusé, dada la improcedencia de utilizar una cumbre educativa para tratar temas políticos. Como era de esperar, a partir de ese momento fue evidente el malestar de las autoridades cubanas. El último encuentro con Castro no se dio; debió haber sido en la clausura de la Cumbre a la que Castro no asistió, probablemente, por no haber prosperado entre las delegaciones la proposición de condena al embargo. Una semana en Cuba, me resultó suficiente para advertir pobreza, recesión y prostitución por doquier; para palpar coacción y sometimiento; para ver proscrita la libertad y para evidenciar que Castro ya no era el emblemático líder que inspiraba sentimientos de dignidad. El que conocí, era un Castro mesiánico, de locuacidad envolvente y megalomanía extrema. Era un dictador enceguecido por la pasión. La semana pasada y luego de 23 años, regresé a Cuba lleno de ilusiones y esperanzas de encontrar un cambio. Pero no; lo que encontré fue mayor ruina, miseria y desolación. Castro mató las esperanzas de muchos y malogró la primavera de una social democracia posible. Cambió pluralismo por absolutismo. Amordazó disidencia y fletó obsecuencia. Desterró intelectuales y encarceló contradictores. Prometió democracia y estableció dictadura. Los publicitados logros de la revolución, en salud y educación, son inocuos frente al sacrificio ofrendado por un pueblo que terminó siendo prisionero de una revolución fallida. Fidel Castro hizo de Cuba la prisión más grande del Caribe. Sólo de las prisiones se escapan los prisioneros.

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