Devaluar o competir

Febrero 25, 2015 - 12:00 a.m. Por: Rafael Rodríguez Jaraba

El modelo promovido por los decadentes economistas del Decenio Perdido de los Sesenta, acostumbraron a las naciones pobres a la devaluación, al punto que sin rubor pregonaban, que la revaluación traía recesión y pobreza.La competitividad del país ha estado supeditada a la devaluación, que aplicada a las exportaciones aumenta artificialmente el ingreso sin aumentar el volumen de ellas, pero frente a las importaciones, aumenta la tributación, fortalece la hacienda pública, restringe la competencia, alienta la inflación y consecuencialmente reduce la capacidad de compra de los salarios.Nada más promisorio para una nación emergente, que su inserción al comercio mundial, pero para que la inserción sea sostenible, debe fincarse en factores de productividad y competitividad, y no en obstrucción arancelaria o distorsión cambiaria.Mantener la devaluación como política a ultranza, es provocar la reducción del bienestar general y la creación de más subsidios y exenciones que terminan aumentando el gasto, el déficit, el endeudamiento y los impuestos. En las economías sanas, la devaluación es síntoma de adversidad; en Colombia de prosperidad.En términos absolutos, la devaluación disminuye el poder adquisitivo de la moneda y provoca su contracción; aumenta el ingreso por exportaciones y encarece las importaciones; aumenta el ahorro y la deuda en moneda extranjera; aprecia las reservas y disuade el endeudamiento externo; encarece bienes de capital, materias primas, insumos, repuestos, mercancías, servicios y tecnología provenientes del exterior.Asimismo, halaga a sectores acostumbrados a aumentar sus ingresos por efecto de ella y no de la productividad. También, desestimula el comercio y la competitividad, reduce la demanda, empobrece los salarios, aumenta la concentración de la riqueza y desmejora la redistribución del ingreso.Por lo general, la industria aboga por el proteccionismo y la devaluación, y el comercio por la liberalización y la revaluación. Si bien el Comercio genera mayor empleo y mejor redistribución del ingreso, los intereses de la Industria prevalecen.Es claro que el brusco repunte del dólar evidencia el poder de los especuladores, quienes cada vez que se lo proponen, distorsionan la tasa de cambio en su favor y desafían la capacidad de intervención del Banco de la República.Lo que no logra el Emisor mediante operaciones de mercado abierto (OMA) que buscan empobrecer el peso frente al dólar, fácilmente lo consiguen los intermediarios, que revierten a su antojo la tendencia revaluacionista del peso y obtienen ganancias siderales a costa del expolio de un mercado desorientado. Independientemente de los beneficios o perjuicios que se derivan de la variación del dólar, es claro que el mercado es dócil a la especulación y el Gobierno indolente a ella.Que no se olvide, que la Tasa Representativa del Mercado (TRM) revela la valoración del peso frente al dólar y se calcula diariamente con base en las operaciones de compra y venta de divisas realizadas por los Intermediarios del Mercado Cambiario (IMC), que en su mayoría, no son otros que los establecimientos de crédito.Sin desconocer el influjo de la revaluación mundial del dólar y el desplome del precio del petróleo, es ingenuo creer que un aumento tan abrupto de la TRM, se de en tan corto plazo, con un DTF por encima del 4% y en un mercado anegado de divisas.

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