Ambiente y energía

Diciembre 26, 2015 - 12:00 a.m. Por: Rafael Rodríguez Jaraba

Por lo general, los ambientalistas abusan de la retórica y carecen de pragmatismo; pero sus posturas apasionadas no ofenden, por el contrario, despiertan simpatía. Para satisfacción de ellos y bien de la humanidad, sus prédicas líricas en favor de la conservación planetaria han adquirido racionalidad y realismo.La emisión y circulación de los bonos de carbono CER (Certificados de Emisiones Reducidas), vivifican las propuestas de la Conferencia de Estocolmo y del Protocolo de Kyoto, y materializan la vieja aspiración mundial de crear mecanismos prácticos para combatir la contaminación, disminuir las emisiones nocivas y detener el calentamiento global.La creación de los CER se fundamenta en la noción jurídica que establece, que la emisión de dióxido de carbono genera un valor adverso al medio ambiente, medible y negociable a precios de mercado. En consecuencia, quien contamine debe pagar por ello y quien descontamine puede obtener un ingreso. En esencia, el activo subyacente que respalda la emisión de los CER es el ahorro en términos de contaminación.Para regular la emisión de los bonos de carbono, la disminución de la contaminación es medida en toneladas de dióxido de carbono y convertida a CER, a razón de un CER por cada Tonelada de CO2 que se deje de emitir.Los CER se emiten en proporción a la reducción en la contaminación y son adquiridos por las empresas que insisten en aumentarla. Son fuentes de nuevos ingresos para las empresas que optan por los llamados procesos limpios de producción y de aumento de egresos para las contaminantes. Desde la perspectiva fiscal, los CER son un ingreso para unos o un costo para otros.Para contribuir a la nivelación de la economía mundial, las naciones afectas al Protocolo de Kyoto, además de desplegar programas para reducir la contaminación, pueden financiar proyectos que busquen el abatimiento de emisiones en países en vías de desarrollo, lo que les acredita tales disminuciones como si fueran propias.Reconforta que ya sean varias las empresas colombianas que están estructurando proyectos para acceder a esta nueva fuente de financiamiento e incorporando a sus labores, políticas de gestión ambiental sostenible.De seguro que en breve tiempo, el sector productivo será gravado con un nuevo tributo, ponderado por la capacidad contaminante y la política ambiental.En menoscabo de este empeño, la generación de energía sigue siendo uno de los sectores más contaminantes. Si bien la electricidad es una energía limpia, su generación en centrales térmicas a partir de la quema de combustibles fósiles o en plantas nucleares, genera residuos contaminantes de difícil destrucción o reutilización. Por fortuna algunas naciones han entendido la necesidad de promover la creación de nuevas fuentes de energías limpias, entre ellas, la eólica, la fotovoltaica y la termosolar.En contraste, Colombia se mantiene sujeta a la generación de energía hidráulica, la que a pesar de su reducida contaminación y bajo costo de producción, resulta tan onerosa para el consumidor industrial y residencial.El país requiere de una matriz energética, que consulte, la sostenibilidad ambiental, las distintas alternativas de generación, y en especial, que racionalice los costos de producción, interconexión y comercialización para reducir las abusivas tarifas que resignadamente paga el consumidor.

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