Se nos acaba la dicha

Se nos acaba la dicha

Julio 04, 2010 - 12:00 a.m. Por: Rafael Nieto Loaiza

No todo es política en esta vida. También hay deportes y sexo, diría un amigo que respira los asuntos públicos por cada poro. Su posición, machista por demás, es la típica de los políticos y los columnistas, convencidos como están de que su visión de la vida y sus prioridades son también los de la mayoría. Están equivocados. La realidad para la gente es otra muy distinta y en ella la política es cosa lejana, aburrida y percibida casi siempre como corrupta. Al ciudadano de a pie no le gustan ni la política ni los políticos, con contadas excepciones. Que esa visión de los asuntos públicos sea o no correcta y que su impacto en la vida en sociedad sea negativo, es otro tema. Sin embargo, el fútbol… el fútbol es asunto de todos, es una fascinación común que no conoce jerarquía, condición social o económica, al menos en los países latinoamericanos donde el amor al equipo de los afectos es tan fuerte como el que se tiene por la mujer o por la novia. O más, diría otro compadre, de aquellos que nacieron para ser hinchas del Santafé y, por tanto, vinieron a este mundo para sufrir. Está en su código genético como está en el del equipo rojiblanco perder el campeonato una vez y otra también, en una sucesión interminable de frustraciones. Y sí, aunque el lector no lo crea, también tengo amigos del Santafé, como los tengo del Polo. Es difícil porque son complicados defectos, pero es posible con un poco de generosidad y tolerancia.En fin, me desviaba. Decía que el fútbol fascina sin excepciones. En esta época es maravilloso ver como unos y otros, del patrón al mensajero, del abuelo a los nietos, se reúnen para ver los partidos del Mundial, para discutir sus resultados, para examinar el desastre de las pollas. Desastre digo porque creo que este campeonato surafricano está desafiando la lógica histórica de un juego en el que aunque todos compiten, inexorablemente ganan los seis de siempre. Tres de ellos ya están fuera y dos, Italia y Francia, campeón y subcampeón del 2006, se fueron a casita en primera vuelta y con el rabo entre las patas. Y Brasil pagó la culpa enorme de abandonar sus destrezas, de renunciar a su estilo, el ‘jogo bonito’ que los caracterizó hasta que cayeron en manos de Dunga, un patabrava que nunca supo jugar con el balón. Cuando escribo esta nota no sé que habrá pasado con Argentina. En un panorama desolador de juego feo y defensivo, de equipos construidos de atrás para adelante, aferrados al concepto de evitar el gol a cualquier costo, incluso el de no hacer ellos mismos goles, Messi, y esa delantera improbable de Higuaín, Tévez, Milito, Agüero y Palermo, más de 150 dianas entre ellos, merecen todos los reconocimientos. Pero confieso que Maradona hace para mí imposible apoyarlos. Me parece de tal manera detestable el personaje, tan mala persona, tan tramposo, tan soberbio, que no soportaría tener que verlo celebrar empeloto, como prometió si ganaba el Mundial, dando vueltas al obelisco en Buenos Aires. Para salvarnos de semejante espectáculo, espero que Alemania haya vencido. Me quedan España, que pretende jugar bien al fútbol y no ha renunciado a hacernos felices a los aficionados, y la garra de los paraguayos, tan cercanos a mis afectos, y de los uruguayos, que mostraron el viernes que no es posible cantar victoria sino hasta que se da el pitazo final. Gocemos mientras podamos. El próximo domingo se nos acaba esta dicha cuatrienal.

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