Ruptura

Julio 25, 2010 - 12:00 a.m. Por: Rafael Nieto Loaiza

Dicen que Santos tenía planeado un viaje de su Canciller a Venezuela, del mismo tenor del que hizo a Quito, para que Chávez viniera a su posesión. Dicen que a Uribe le molestaba, porque preveía que sus críticos alegarían que la mala relación con el Teniente Coronel de al lado era resultado de antipatías personales o de diferencia de estilos entre los dos gobernantes. Dicen también que le preocupaba que la comunidad internacional creyera que las denuncias permanentes de colaboración con las Farc y el Eln no eran sino fuegos de artificio del gobierno colombiano. Y que, como resultado de lo que Uribe entendía como un inesperado giro en la posición de Santos frente a Venezuela, decidió que antes de irse era indispensable airear públicamente parte del arsenal probatorio que tiene Colombia contra Chávez, de manera que nadie se llamara a engaños sobre las relaciones entre el polluelo de dictador y la guerrilla colombiana. Dicen también que Uribe previó que en Miraflores, pillados en público y ante la imposibilidad de responder a la información colombiana, reaccionarían a gritos y manotazos.¿Sabía Uribe que el Teniente Coronel rompería relaciones? Si no tenía certeza, seguro que sí contempló el escenario de que ante la falta de argumentos para demostrar su inocencia, Chávez se iría por la posición fácil de la ruptura. Y evaluó que la opinión pública y la economía ya habían asumido el costo. En eso no se equivocó: en Colombia nadie se sorprendió con la decisión de Caracas. Ni siquiera hubo preocupaciones mayores. La decisión de Chávez de bloquear el comercio con Colombia ha supuesto la pérdida de medio millón de empleos y alrededor de un punto del PIB. Las exportaciones cayeron casi $6.000 mil millones. Venezuela era nuestro segundo mercado y algunos productos, en particular industriales y manufacturados, tenían ahí su único comprador. Un precio enorme para nuestro economía, por cierto, pero que ya ha sido asumido. Por eso el Ministro de Comercio Exterior sostuvo que Chávez ya no podía chantajearnos. Y tiene razón: a pesar de las circunstancias de la crisis con Venezuela, la economía colombiana creció un 4.5% este semestre. El traumatismo de la ruptura será menor. Pero en las zonas limítrofes se sufrirá mucho cuando Chávez decida restringir el paso. Pocas fronteras han sido tan vivas en el continente como la colombo venezolana. El comercio menor y el tránsito de poblaciones con lazos en ambos lados se verán muy perjudicados. Si la situación perdura, se generará un daño irreparable por un par de generaciones. Así, la duda de fondo es si el ahondamiento de la crisis resolverá el problema sustantivo: la complicidad de Chávez con la guerrilla colombiana, su apoyo logístico y político al terrorismo, y el uso de territorio venezolano como su zona de retaguardia. Es el asunto vital y ciertamente es, por encima de otras consideraciones, la prioridad de Uribe, que hizo de la seguridad el eje central de todo su esfuerzo. Las acusaciones públicas contra Chávez, no nos llamemos a engaño, son consecuentes con sus posiciones de gobierno. Por eso no me extrañaría que el discurso del Embajador en la OEA se traduzca en hechos. Una y otra vez, Hoyos habló de ‘judicialización’ de las pruebas. Quizás me equivoque, pero todo hace pensar que Uribe no se irá de la Presidencia sin denunciar formalmente al Teniente Coronel en los tribunales internacionales.

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