Recular

Abril 28, 2013 - 12:00 a.m. Por: Rafael Nieto Loaiza

Es más de lo mismo, lo sé, pero no deja de sorprender, por ser quien es. Sí, hemos dicho antes que el Presidente se echa para atrás cuando lo aprietan. Recula, para usar esa palabreja, tan descriptiva. Lo hizo con la reforma a la educación y la de la justicia y, hace apenas unas semanas, con el paro de los cafeteros. Y la lista podría seguir. Dice una cosa, reacciona un sector de la opinión, le muestran los dientes y se desdice sin siquiera ruborizarse.Puede ser que su temperamento lo incline a intentar quedar bien con todos, imposible cuando se gobierna. Tal vez sea que su formación como periodista lo lleva a valorar en exceso a la opinión pública y, en consecuencia, tiende a gobernar según las encuestas, fatal en un país que, como pocos, necesita dirección y un liderazgo diáfano. O quizás sea que la ambición de la reelección lo mueve a evitar el conflicto y a buscar satisfacer a tirios y troyanos para conseguir su apoyo y su voto o, al menos, evitar su animadversión. Acaso haya algo de todo, porque suele suceder que los males vienen en compañía, como las desgracias que acompañaron a Hamlet. Pero en el último episodio, sin duda, fue la reelección lo que pesó más que cualquier cosa. Lo fue porque la propuesta se hizo en el marco de una reunión política por antonomasia, como el encuentro de alcaldes; porque fue resultado de la presión que pusieron los burgomaestres al proponer la ampliación de su propio período; porque quería tranquilizarlos después de la rechifla que recibieron su Ministro de Vivienda y él mismo; porque, como fuera, buscaba su apoyo con miras a su reelección.Y sí, la verdad es que Santos tiene razón en que la reelección ha resultado inconveniente para el país. Por varias razones, aunque quizás la más importante sea que el gobernante tiende a dejar de hacer lo que tiene que hacer por miedo a enajenar el apoyo de algunos sectores de la población. El ejemplo más claro es él mismo, por supuesto, con su larga serie de retractaciones. Pero en todo lo demás se equivocó. Empezando, por supuesto, por el hecho mismo de que al desdecirse consiguió que hoy los alcaldes estén aún más molestos que antes, porque a las quejas que ya tenían se suma la sensación de que el Presidente los dejó colgados de la brocha. Pero también porque es mala idea que los períodos sean de seis años, una eternidad cuando un gobernante es malo, como el de Bogotá. Porque tampoco es buena la propuesta de hacer coincidir el período de elecciones presidenciales con el de los alcaldes. Porque al proponer que el próximo período sea de dos años, para que a él le tocaran seis, castigaba a la oposición, a la que le hacía cuesta arriba conseguir un candidato dispuesto a semejante contienda con la perspectiva de gobernar solo 24 meses y sin posibilidad de reelección. Y porque, como todo el mundo se daba cuenta, esas reflexiones llevaban a que muchos pensaran que lo que en verdad se quería era la ampliación de su período por dos años, sin elección, lo que es claramente inconstitucional y antidemocrático y, para rematar, había sido propuesto antes por doña Teodora, convertida también en mejor amiga. Y si faltaba algo, daba el mensaje a las Farc de que no había prisa, porque ahí estaban dos años más disponibles para cerrar el proceso. Es decir, la propuesta fue un desastre.¿Improvisó el Presidente? Quizás. Pero si no estamos seguros de que improvisó, de lo que sí no hay duda es de que, otra vez, reculó.

VER COMENTARIOS
Columnistas