¿Para dónde vamos?

Diciembre 12, 2010 - 12:00 a.m. Por: Rafael Nieto Loaiza

Soy santista convencido. Lo soy desde cuando Santos empezó a trabajar “el buen gobierno”, lo fui desde el principio de la campaña y lo seguí siendo cuando éramos pocos y parecía que la ola verde nos arrastraría sobre la arena electoral. Me niego, además, a caer en el juego de liberales y vargaslleristas de entrar a escoger, como si no hubiera continuidad, entre Uribe y Santos. Es una falsa dicotomía. Un distanciamiento entre los Presidentes le haría mucho daño a ambos y al país. Colombia necesita este proyecto político común. Desde esa posición de santista y uribista puedo, sin embargo, criticar lo que considero equivocado o incorrecto en la gestión de Santos, como hice también durante la administración Uribe. No sólo es la libertad del columnista. Es su deber. El criterio, la independencia, el derecho de disentir y criticar no puede perderse, por la simpatía y apoyo que se ofrezcan a una persona, su liderazgo y su proyecto político.Hecha la aclaración y, espero, despejadas las dudas de los lectores que se sorprenden cuando acá se hace una crítica a uno u otro, debo decir que estoy desconcertado. No entiendo, y a fe que hago un esfuerzo sincero, la política exterior de Santos. Entiendo sí que Santos debía hacer algunos giros importantes en materia de política exterior. Había que tomar cierta distancia de Washington, cuya política exterior hacia América Latina perdió la brújula hace rato, reconocer la importancia de Brasil en la región, aceptar que el mundo ya no es unipolar, y reanudar las relaciones diplomáticas con Venezuela. Pero de ahí a los que estamos viendo hay un trecho largo. Es inexplicable que, por ejemplo, hayamos pasado agachados frente los insultos de Nicaragua, que nos señaló como jefes de una conspiración de países que, con México y Costa Rica, estarían protegiendo a los narcotraficantes en Centroamérica. Y que, en cambio, haya reacción airada cuando Panamá ofreció, de acuerdo con el derecho internacional y con su tradición, asilo a María del Pilar Hurtado. ¿Qué puede explicar la decisión de reprender en público a los amigos y callar frente a las afrentas y mentiras de los enemigos?Tampoco entiendo porqué decretamos duelo nacional por la muerte de Kichner o pasamos de tener razonables aprehensiones frente a Unasur a proponer la candidatura de María Emma Mejía como nueva presidenta, sabiendo además que seremos derrotados. Ni explico que se haya entregado a Ecuador la información sobre el bombardeo a Reyes, cuando ella contiene datos de vital importancia en materia de defensa nacional. Si se había avanzado en lo sustantivo para el restablecimiento de las relaciones durante la administración de Uribe, ¿para qué contarles qué tipos de aviones, autonomía de vuelo, sistema de tiro y calidad y potencia de las bombas, se usaron en la operación?¿Para qué entrar al Consejo de Seguridad, si no hay agenda estratégica para desarrollar ahí? ¿En verdad nos conviene que el Consejo aborde el problema del narcotráfico, como sugirió la Canciller? ¿Y cómo nos montamos en el “protocolo democrático” de Unasur, regresivo y diseñado para defender a los gobiernos y no a las democracias?Y en Venezuela, ¿qué obtenemos del “nuevo mejor amigo”? Los problemas estructurales están ahí, incólumes, y no tengo duda de que Santos lo sabe. ¿Habrá que suponer que él conoce lo que nosotros no?

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