Pánico presidencial

Agosto 16, 2015 - 12:00 a.m. Por: Rafael Nieto Loaiza

De la propuesta de Santos de hacer un “Congresito” para “implementar” los acuerdos con las Farc se desprenden al menos tres conclusiones: La primera, el Presidente está dispuesto a aceptar los términos y condiciones de las Farc tanto en materia de justicia y participación en política como en lo que hace a verdad y reparación. El resumen de esas concesiones es: a) las Farc no van a pagar con reducidas penas privativas de la libertad por sus crímenes internacionales; b) los responsables de esos crímenes no tendrán ninguna restricción para participar en política; c) los miembros de las Farc no tendrán la obligación de contar la verdad de sus crímenes y que no lo hagan no tendrá consecuencia jurídica ni política alguna; d) la organización criminal no entregará sus bienes para la reparación de las víctimas y todo el costo de esa reparación vendrá de los bolsillos de los ciudadanos. En otras palabras, habrá impunidad, no habrá verdad individualizada, la reparación la pagaremos los ciudadanos y no ellos, y el proceso de paz será el gran lavadero de los activos de las Farc.La segunda, Santos tiene pánico. Lo invadió porque tiene la certeza de que los ciudadanos no refrendarán semejantes concesiones. Si no las fuera a hacer, no hablaría de “Congresito” sino del “mecanismo de refrendación” de los acuerdos que está pactado con las Farc y que el Presidente le vendió a los ciudadanos por su voto y para tranquilizarlos. Pero como las hará, necesita un mecanismo que eluda la aprobación ciudadana de lo convenido y le permita controlar el resultado. El Presidente se atrevió a decir que “no nos parece que sea conveniente un referendo”. Y, con descaro, agregó que “yo nunca me he montado en un referendo”. Santos cree que olvidamos que tramitó a las escondidas una norma para permitir que el referendo pudieran coincidir en fecha con las elecciones, para que pudiera alcanzar el umbral que necesita. Y que no nos acordamos que ha dicho, en al menos una docena de ocasiones, que “cualquier acuerdo al que lleguemos será sometido a la aprobación popular”, “el proceso será sometido a refrendación”, “ustedes (los ciudadanos) podrán decir aceptamos o no aceptamos” y que “el pueblo colombiano será quien tome la última palabra”. La tercera, es el espíritu antidemocrático de Santos. Llena de epítetos a quienes critican el proceso de paz, “enmermela” a los medios de comunicación para que no hagan un trabajo independiente, persigue a sus críticos y consigue que se los expulse de sus trabajos, pone sus fichas incluso en el sector privado, pero cuando hacen su tarea, enfila sus baterías contra ellos (hay que ver la persecución que vienen sufriendo Kiko Lloreda y Bruce MacMaster), tumba con un decreto presidencial una reforma constitucional, como la de la administración de justicia, aprobada con todas las formalidades. Y ahora le saca el cuerpo a la refrendación ciudadana de los acuerdos con las Farc, porque teme la respuesta democrática a los esperpentos que les va a conceder. Para rematar, a Santos no parece importarle que la única legitimidad y la única sostenibilidad futura de los acuerdos con la guerrilla vendrán de la aprobación ciudadana de los acuerdos. Nada más obligará a los ciudadanos y a los gobiernos futuros a respetar lo que el Presidente, a espaldas del país, pacte. Pero le tiene sin cuidado esa perspectiva. Le basta con firmar ahora y buscar el Nobel.

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