No toda paz es victoria

Septiembre 09, 2012 - 12:00 a.m. Por: Rafael Nieto Loaiza

No toda paz es victoria. La paz del apaciguamiento, la de Chamberlain, no lo fue. Peor, fortaleció a los nazis y los animó en su búsqueda de someter a Europa a sus designios feroces. Tampoco es victoria la paz de los sometidos, como la de Petain, una paz de vergüenza, de traidores, de humillados. Ni victoria fue la paz de los húngaros en el 56, cuando los soviéticos sofocaron a sangre y fuego la revolución de Nagy. No, no toda paz es victoria. Al revés de su caricatura como una política de aniquilamiento a cualquier costo del enemigo, la seguridad democrática definió la victoria como obligar a los violentos a sentarse a una negociación seria, es decir, una que condujera con certeza a la desmovilización, el desarme y la reinserción. Se consiguió con los ‘paras’, aunque algunos no se desmovilizaron y otros reincidieron. Cerca del diez por ciento de los desmovilizados en los procesos de paz en el mundo reinciden en el delito. En Colombia el porcentaje ha sido menor. La reincidencia resulta de una reinserción fallida. Es fácil explicarlo: miles de hombres y mujeres que no saben sino manejar armas, con mentalidad conspirativa, que han vivido lustros en la clandestinidad y con una compleja red de relaciones con otras actividades criminales que van desde el tráfico de armas y la extorsión hasta el narcotráfico. En esas condiciones y con vínculos con crímenes muy lucrativos, no es difícil entender porque muchos simplemente cambian de modalidad delictiva. La reinserción es aun más difícil cuando se hace con el conflicto vivo, como lo prueba el asesinato sistemático de los desmovilizados del EPL por las Farc. El proceso con los paras condujo, con los matices señalados, a su desmovilización, desarme y reinserción. Y tuvo, como ordena el derecho internacional contemporáneo, justicia, verdad y reparación. Por mucho que el sistema judicial esté fallando en la aplicación de las normas, el proceso con los paras permitió que el Estado supiera quiénes era los jefes y judicializarlos. Para cuando empezó, el noventa por ciento de los cabecillas no tenía siquiera un proceso judicial en su contra. Y estableció penas de hasta ocho años de prisión, insuficientes sin duda para la naturaleza de sus horribles crímenes, pero al menos algo. Cuando hicieron conejo, fueron extraditados.¿Qué victoria quiere Santos? No una con justicia, porque renunció a ella en el Marco Jurídico para la Paz, ese adefesio que le evitará a los jefes guerrilleros que paguen siquiera un día de cárcel por sus crímenes, con el aplauso de los hipócritas que en su momento se quejaron de las penas para los paras. Tampoco una con reparación, porque como vamos los jefes guerrilleros no solo no repararían a sus víctimas sino que pretenden ser tratados como si lo fueran. ¿Habrá acaso verdad?Confiemos en que no sea tampoco una paz claudicante, aunque negociar parte del Estado y del modelo social sea ya una derrota para una sociedad que, paradoja, iba ganando con creces la guerra. Tranquiliza el equipo negociador. Serio, con peso y experiencia, de convicciones firmes con alguna excepción, no será de los que se someta a las exigencias de los bandidos. El riesgo está en el Presidente, acostumbrado a ceder a las presiones y jugado hasta el fondo, por su afán de pasar a la historia y por hacerse reelegir. Mejor sería que estuviera dispuesto a tirar la mesa si el bien del país lo demandara.

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