La trampa del lenguaje

Agosto 02, 2015 - 12:00 a.m. Por: Rafael Nieto Loaiza

Vuelvo de unos días de desconectadas vacaciones y verifico que a las Farc no les pudo salir mejor su estrategia tras la terminación del cese al fuego unilateral que, en todo caso, habían violado con perfidia en el asesinato de los soldados del Cauca. La respuesta del Gobierno a las bombas, asesinatos, ataques a la infraestructura y atentados contra la industria petrolera, no fue ponerle plazo a los diálogos o condicionarlos a que terminaran esos crímenes, sino rogar porque no se llamen las cosas por su nombre y declarar, otra vez, una suspensión de los bombardeos. Frente al chantaje del terrorismo, Santos otra vez cedió. Ahora, por mucho que un secuestro sea llamado una “retención indebida”, seguirá siendo un secuestro. Un homicida, es un asesino. El que se levanta en armas contra un estado democrático, un subversivo. Quien atenta contra la población civil y sus bienes para amedrentarla y conseguir sus fines, un terrorista. Y quien cultiva, procesa y trafica con drogas, un narcotraficante. No son, además, categorías que se excluyan entre si. En Colombia, las Farc son todo eso al mismo tiempo y de manera superlativa: asesinos, subversivos, terroristas, narcotraficantes. Y no han dejado de serlo sentados en La Habana.No hay insulto ni falta de amabilidad, Presidente, por llamar las cosas por su nombre. Y no es usted coherente cuando pide que se trate “bonito” a las Farc y en cambio a la oposición democrática y a los críticos de la manera en que se maneja el diálogo con las Farc, que no matan, ni secuestran, ni cometen actos terroristas y que no cuentan sino con su voz y su pluma para opinar, usted no para de perseguirlos y de señalarlos como “tiburones, mano negra, fascistas, extrema derecha, y enemigos de la paz”.Sin embargo, la solicitud de tratar suavecito a las Farc esconde algo mucho más grave. Su motivación última busca nivelar y poner en igualdad, más allá del lenguaje y del plano simbólico, al Estado, los miembros de la Fuerza Pública y el legítimo uso de la fuerza, por un lado, y a las Farc, los terroristas y narcotraficantes que integran sus filas, y la violencia que ejercen contra el Estado y sus ciudadanos, por el otro. Se quiere modificar, por vía del lenguaje, la percepción ciudadana sobre las Farc y sus crímenes para endulzarlos y quitarles gravedad y horror, y equiparar la violencia con el uso de la fuerza por parte del Estado. Detrás del cambio del lenguaje lo que se busca es igualar a las ‘partes’, sus culpas y responsabilidades, borrar todo asomo de asimetría moral entre la acción del Estado y la de los terroristas. Y por esa vía conseguir superar el gran escollo de la exigencia ciudadana de justicia, de sanción efectiva a los crímenes de las Farc, de penas privativas de la libertad para sus delitos más graves. Es la misma estrategia de las Farc y su áulicos: sostener que todos somos culpables y solicitar investigar a ministros y presidentes, bajo la teoría de los máximos responsables, para conseguir no ser juzgados y sancionados.Santos juega ese juego porque es débil y claudicante y porque, para justificar su “paso a la historia”, en lugar de aprovechar la victoria estratégica contra las guerrillas, se declarada derrotado (las Farc no podrá ser vencidas “en 10, 15 o 20 años”) y convierte el proceso de paz en el trampolín para conseguir internacionalmente un reconocimiento que sus conciudadanos, como prueban las encuestas, le niegan de forma rotunda.

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