En manos de las Farc

Septiembre 01, 2013 - 12:00 a.m. Por: Rafael Nieto Loaiza

Decía a mi regreso de vacaciones que tenía la sensación de que aun cuando en Colombia pasan siempre muchas cosas y muy graves, en realidad nada cambia, todo se mantiene ahí, estático. Los últimos días muestran que me he equivocado. Vamos hacia peor. El menosprecio lleno de soberbia de Santos al paro de algunos sectores agrarios le reventó en la cara. Las manifestaciones no han hecho sino extenderse como un reguero por el país y, lejos de localizarse solo en áreas rurales, se han trasladado a las ciudades. Fecode se sumó a la huelga y pronto lo hará la Mane, la agrupación estudiantil que ya le torció el brazo al Presidente cuando lo obligó a echar para atrás una propuesta de reforma educativa.Ese es parte del problema: Santos le enseñó a la gente de a pie que la manera de obtener lo que quiere es con la huelga, el paro, la marcha, el enfrentamiento con el Gobierno. Más temprano que tarde, Santos termina por doblegarse. El Presidente ha cedido frente a los camioneros, los estudiantes, los indígenas, los mineros informales, los cafeteros, los grupúsculos enquistados en la administración de justicia… La gente entendió que solo así dialoga y negocia un Presidente que vive encerrado en Palacio, aislado en el poder, mareado por la adulación de sus asesores y de unos medios que, por consanguinidad, por afinidad social o por mero interés económico, son incapaces de criticar este gobierno desastroso.La otra parte es la realidad de la crítica situación del agro. La pobreza del país se centra, en su mayoría, en el campo. Ahí los servicios públicos son deficitarios, no hay agua potable, la educación pública es aun más mala, los insumos son muy costosos, no hay centros de acopio ni sistemas de riego, y la infraestructura de transporte es de llorar. Si a eso se suma que son quienes más sufren la violencia y el narcotráfico, se entiende el panorama. Y como si no bastara, los tratados de libre comercio abren las puertas a productos que viene con grandes subsidios. Agro Ingreso Seguro era la respuesta institucional ante esas amenazas. Más allá del abuso de algunos latifundistas que, por cierto, no están en la cárcel, fue un error mayúsculo haberlo desmontado solo por sus desafíos reputacionales. El Gobierno creyó que el problema del agro era la tenencia de la tierra y ahora estamos pagando las consecuencias.La última pata de la mesa es La Habana. Primero por el fatal mensaje de que la violencia se premia con diálogo, con beneficios jurídicos para los criminales y con favorabilidad política. Después porque la izquierda radical entendió que le es más fácil enfrentar al gobierno con la infiltración de los movimientos sociales que con las armas. La Fuerza Pública está años luz en resultados del resto del Estado. Pero si detrás de los fusiles no vienen los servicios públicos, la salud, las escuelas y la infraestructura, se terminará por perder lo que se gane en la batalla.Sí, la cosa ha cambiado para peor. Y nos faltan las encuestas. No hay que ser mago para imaginar la debacle del Gobierno. Si antes Santos tenía embolatada su reelección, ahora ni hablar. Un Gobierno aún más débil solo es más peligroso. Querrá tomar más riesgos y estará inclinado a ceder aun más ante las presiones. Si ayer tenía poquísimo para mostrar, hoy su respirador artificial viene de Cuba. El futuro de Santos, para mal de todos los colombianos, está en manos de las Farc. ¡Qué Dios nos agarre confesados!

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