De la euforia a la cruda realidad

Octubre 21, 2012 - 12:00 a.m. Por: Rafael Nieto Loaiza

Era obvio, dados la naturaleza de esa organización y los antecedentes de los diálogos pasados, que las negociaciones con las Farc no serían sencillas. Pero es tanto el esfuerzo del Gobierno por conseguir apoyo para sus negociaciones con los terroristas, son tantos los que piensan con el deseo, y es tal el nivel de euforia insuflado entre la población, que a quienes tenemos moderado escepticismo se nos estigmatiza como enemigos de la paz. Pues bien, ‘Márquez’ y su banda fueron un baldazo de agua fría para los calenturientos. Mostraron que sus tiempos no son los del Gobierno, que su discurso sigue anclado en el pasado y que para ellos la paz es cambiar los modelos de estado y de régimen económico para instaurar un sistema “socialista”. Ahora sí se entendió que las negociaciones ni serán fáciles ni serán rápidas. Son un campo minado. Y el Gobierno empezó equivocándose al distinguir entre finalizar el conflicto y “la paz estable y duradera”. Al hacerlo, aceptó la tesis de las Farc que la paz no es “el silencio de los fusiles, sino cambios estructurales”. La diferenciación abrió las puertas para que las conversaciones no se centren en la desmovilización, el desarme y la reinserción de los violentos, lo único que debería discutirse con los terroristas, sino en los elementos económicos y políticos cuyo cambio traería “la paz”. Peor, al incluir una agenda temática con asuntos tan amplios como el desarrollo agrícola o la participación democrática, permitió que las Farc sostengan que lo que se acordó con el Gobierno fue la resolución conjunta y previa de esos temas estructurales antes de abordar la desmovilización y el desarme. Algunos dirán que esa lectura no coincide con el texto firmado. Recuerdo otra olvidada lección del pasado: a la guerrilla la ambigüedad de los términos le sirve tácticamente. Por eso esa interpretación fariana no debería sorprender. Y por eso frente al argumento del Gobierno de que “la agenda fue producto de un acuerdo y es responsabilidad de las Farc ceñirse a ella” y que “el modelo económico no está en discusión”, los guerrilleros sostienen que para la paz se requiere “la transformación estructural del Estado” y agregan que el acuerdo dice que deben abordarse esos asuntos antes que los de “los fusiles”. Superar la ambigüedad en el lenguaje y acotar en verdad la agenda son los primeros escollos a superar.El otro es el tiempo. A las afirmaciones del Gobierno de que “la opinión apoya este proceso, pero no está dispuesta a las dilaciones” y de que se requieren “unas conversaciones rápidas y eficaces”, las Farc sostienen que éste “no puede convertirse en un proceso contrarreloj”, que ésta “no puede ser una paz exprés” y que “la paz exprés sólo conduce a los precipicios”.Dilatar las conversaciones le conviene a las Farc tanto si su verdadera intención es usarlas como en el pasado, es decir, como parte de la combinación de todas las formas de lucha, como si esta vez en verdad sí quieren dejar las armas. Hay que recordar que el solo hecho de que el Gobierno se siente a la mesa con ellos les es útil. Basta mirar lo que está ocurriendo: para la comunidad internacional las Farc dejaron de ser terroristas para convertirse en un interlocutor legítimo del Estado colombiano.La presión será brutal. Ojalá sea verdad que, como con astucia dijo De la Calle, el Gobierno no se siente “rehén de este proceso”. Yo, sin embargo, lo dudo: la reelección está en juego.

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