Causas de la amputación

Noviembre 25, 2012 - 12:00 a.m. Por: Rafael Nieto Loaiza

Estoy sorprendido. No creí que hubiese semejante reacción. Desde que es nación independiente, Colombia sólo se ha mirado la panza. Su ombligo queda en el interior, en las cumbres andinas. Por eso perdimos Panamá y regalamos los Monjes. Excepto para pasear en Cartagena, nuestros mares no existen. Barranquilla confirma la regla. Así que estaba convencido de que el previsible fallo de la Corte Internacional de Justicia apenas despertaría una molestia. Pero hay indignación y dolor de patria. Quizás por fin entendimos que el futuro son nuestras costas y mares, la integración y el comercio con el mundo.El primer y fundamental error fue haber aceptado ir a la Corte. Como no estábamos reclamando tierras y mares ajenos, no había que obtener. Sólo iríamos a defender aquello sobre lo que hemos ejercido dominio pacífico e ininterrumpido desde hace siglos. Si no teníamos nada que ganar y sí todo que perder, ¿por qué entrar en semejante juego? Por esa razón obvia debió haberse retirado a tiempo la aceptación de la competencia de la Corte y haberse denunciado el Tratado Americano de Soluciones Pacíficas, que obliga al mismo camino. Los diferentes cancilleres estuvieron advertidos. Lo pidieron Prosper Weil, un famosísimo internacionalista, y también un juez internacional colombiano, durante el gobierno del presidente Samper. Nadie quiso oírlos y ahí están las consecuencias.Y si se sabía que la Corte tendría que tomar decisiones sobre nuestros mares, ¿por qué no se trabajó para eligir un internacionalista colombiano entre sus jueces? Los magistrados deben fallar en derecho, pero no sobra quién explique a sus colegas la visión de los problemas. Peor, Colombia contribuyó a elegir jueces cuyos antecedentes permitían prever que votarían contra nuestro país. No es el único caso. En el sistema interamericano de derechos humanos hay varios. Ese es el otro gran problema: nuestra Cancillería es débil, pobre, acomplejada, mal preparada. Y los embajadores han sido, con pcoas excepciones, los amigos de golf del presidente de turno. O políticos a los que se premia su aporte a las elecciones o se quiere neutralizar fuera del país. Los mandatarios han confundido la simpatía con la capacidad de gestionar los intereses nacionales. Y los internacionalistas pecan por escasos. Por eso en las últimas décadas los cancilleres han sido lo que fueron, salvando alguno. Esa ausencia de seriedad y sentido de patria se ha reflejado en la Embajada de Holanda, sede de la CIJ. Desde 1988 Nicaragua ha tenido a Carlos Argüello como único embajador. Argüello, además de curtido internacionalista, conoce los entresijos de la CIJ, es amigo de los jueces, íntimo de los funcionarios de la Secretaría. Colombia ha tenido más de una docena en el mismo período. Peor, en plena etapa final del pleito, tras la renuncia de Francisco Lloreda se dejó vacía la Embajada por meses. Cuando se designó embajador ni siquiera era abogado. Hay quien dice que no era necesario porque había un equipo negociador especial. Falso. Ahí también hubo problemas, porque por muchos méritos de Julio Londoño, conocedor como ninguno de nuestras fronteras, tampoco es abogado. Por razones que deberían avergonzarnos, en el equipo no había internacionalistas colombianos, sólo asesores extranjeros. Por esas debilidades no hubo quién dirigiera jurídicamente el equipo, quién fuera capaz de entrar en controversia con los expertos internacionales, quién los condujera estratégicamente, quién señalara errores como abandonar la tesis de naturaleza limítrofe del Esguerra Bárcenas. Finalmente, la Canciller se entregó antes del fallo y dio declaraciones irresponsables, abonando el terreno para que fuera negativo. Ahí sigue campante, a pesar de su corresponsabilidad en la amputación. Por eso estamos como estamos.

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