Cambio de rumbo

Cambio de rumbo

Agosto 14, 2011 - 12:00 a.m. Por: Rafael Nieto Loaiza

De sabios es reconocer errores y corregir a tiempo. El reconocimiento lo ha hecho el presidente Santos en su discurso del 7 de agosto, el día del Ejército Nacional y en el Puente de Boyacá. Ni el lugar ni el día son gratuitos. La carga simbólica es innegable. Pasaba por un período de negación el Presidente. No quería aceptar la realidad. En ese camino, metió las de andar: amenazó con expulsar a las empresas extranjeras que paguen extorsión (como si no fuera responsabilidad del Estado evitar el crimen, como si la conducta de las nacionales y de las extranjeras no fuera idéntica, como si esas empresas no fueran víctimas sino victimarios y como si el Gobierno tuviera facultades para expulsarlas), afirmó que el aumento de la percepción de inseguridad en la ciudadanía era el resultado de periodistas sin noticias que no podían sino acudir a la crónica roja para aumentar la venta de sus medios y, peor, estigmatizó a sus críticos con la falacia de que hay una “mano negra” de la extrema derecha que busca aumentar la sensación de caos en el país.Pero es justo reconocer que viene enmendando la plana. “Como gobierno tenemos que tener la humildad de saber corregir lo que haya que corregir”, dijo en el discurso. Y planteó cinco áreas de énfasis: estudio de la capacidad para obtener inteligencia de combate y para unificar la estratégica; revisión del dispositivo de la Fuerza Pública para operar con unidades más pequeñas y tener más movilidad; impulso de los procesos de desmovilización y colaboración con la justicia; consolidación de las áreas recuperadas; y la defensa jurídica de militares y policías. Todos son puntos fundamentales si se trata de corregir el rumbo. En los conflictos contra insurgentes la estrategia, la táctica y las operaciones están en constante dinámica, de manera que a los permanentes cambios del enemigo se debe responder con sistemáticos ajustes en las fuerzas propias. Para el Estado, por naturaleza más lento en la respuesta y sujeto a normativas y controles que no tienen los bandidos, el éxito depende de la efectividad y rapidez con que haga esos ajustes. Lo que hoy funciona bien, mañana quizás no. Ha ocurrido en estos meses que la Fuerza Pública se ha demorado una eternidad en entender que la guerrilla volvió a operar con unidades muy pequeñas que se confunden con los civiles, que han intensificado el uso de milicianos y que ahora ‘combaten’ a distancia con explosivos y francotiradores. Y que las bacrim no sólo no se han desmantelado, sino que han extendido sus operaciones a los centros urbanos. Las propuestas del Presidente van en la dirección correcta. Pero me temo que son insuficientes. No resuelven el problema de la moral de combate que, digan lo que digan de dientes para afuera nuestros generales, está por el piso. Las unidades especiales siguen siendo efectivas, como demuestra la muerte de ‘Jojoy’, ‘Galeano’ y ‘el Abuelo’. Pero ello ocurre porque tienen los soldados más experimentados, el mejor armamento y todo el apoyo aéreo que requieren. Y, sobretodo, porque sus blancos son los de ‘alto valor estratégico’, que no suponen ningún riesgo jurídico para quienes participan en las operaciones. Pero el resto de soldados, es decir, la inmensa mayoría, no tienen esos apoyos y, sobretodo, no parece ya dispuesto a asumir los peligros de un régimen jurídico que presume su culpa y los persigue con saña, vulnerando una y otra vez las normas más elementales del debido proceso. Ese Ejército, el regular, no está operando.

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