¡A confesarse!

Julio 01, 2012 - 12:00 a.m. Por: Rafael Nieto Loaiza

Aún es pronto para medir las consecuencias del tsunami de la reforma a la Justicia y su hundimiento, pero seguro que se enredaron el futuro de Santos y su gobierno. La Unidad Nacional es la histórica oportunidad perdida. Ningún presidente había tenido mayor respaldo político. Con todos los partidos adentro, excepto el Polo y Mira, y el control de casi el 95% del Congreso, la Unidad estaba llamada a asegurar el apoyo a las grandes transformaciones que el país necesita. Debería haber sido la base, para usar la expresión de Álvaro Gómez, del gran acuerdo sobre lo fundamental. Pero el espacio para la grandeza fue apenas una ilusión. Semejante consenso y fuerza política fueron desaprovechados. Terminaron de escenario para el cruce de favores, el contubernio entre magistrados, congresistas y el Ejecutivo, para la más nauseabunda componenda institucional de la que tengamos noticia. Las relaciones con el Congreso y los partidos, obsecuentes liberales incluidos, quedaron marcadas por el signo indeleble de la desconfianza. Los congresistas no le perdonan a Santos que les hubiera echado toda el agua sucia de una reforma que fue iniciativa del gobierno y que éste empujó desoyendo las críticas durante ocho debates, y que el mismo gobierno transó con los magistrados de las cortes y pidió votar positivamente después de conocida la conciliación. Si hubiera duda, se la aclararon al Ministro del Interior, al que esta semana chiflaron en la Cámara y le dieron la espalda, literalmente, en el Senado. ¿Alguien puede recordar un desplante semejante a un ministro en nuestra historia parlamentaria? En fin, la ‘gobernabilidad’ será espinosa. La discusión de la reforma tributaria va a ser un camino de piedra y llanto. Y los años que vienen serán, intuyo, de repartija burocrática, de clientelismo. Es lo único que le queda al Gobierno para alinear a sus congresistas, ahora ofendidos y traicionados.Pero si por el Congreso llueve, en la opinión pública no escampa. La caída en la popularidad de Santos es brutal. Si venía mostrando una tendencia a la baja desde principios del 2011, ahora el desplome es de 16 puntos, según Gallup. En el trimestre cae de 64 a 48 puntos de favorabilidad y, aún peor, su desfavorable salta de 27 a 43. A pesar de que el discurso en TV de Santos tranquilizó a algunos, un sector importante de la gente no le creyó. Y el problema no está en que algunos han reafirmado su percepción sacrifica a cualquier en la búsqueda de sus propios intereses, sino porque un sector de la opinión ha quedado con la sensación de que el liderazgo es vacilante y que en su afán de no pelear con nadie, de dar gusto a todo el mundo y todo el tiempo, el Gobierno pierde el norte y en ese ánimo complaciente, deja de hacer lo que es bueno para el país para apoyar los intereses particulares de aquellos con quienes negocia. Para rematar, el Presidente mostró otra vez que, cuando se le presiona, cede. A estas alturas, el Presidente tiene la reelección, la maldita reelección, embolatada. Apenas un 30% apoyaría una nueva postulación. Estamos en la mitad del período y las cosas podrían cambiar. Pero en materia de seguridad será difícil conseguir triunfos que fortalezcan su imagen, tanto porque los comandantes están en Venezuela como porque en esta materia se entró en rendimientos marginales decrecientes. Y la economía, aunque sigue estable, muestra signos de estar frenando. No le queda sino “la paz”. ¡Que Dios nos coja confesados!

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