Expertos en guerras, no en paces

Julio 05, 2016 - 12:00 a.m. Por: Philip Potdevin

A menudo me pregunto las razones de la oposición visceral en torno a los acuerdos de paz que próximamente saldrán para ser avalados o no por el pueblo colombiano, y la principal razón que encuentro es nuestra disposición histórica, sociológica, hasta novelística por perpetuar la guerra como forma de vida de nuestra sociedad. Es sabido que “el coronel Aureliano Buendía promovió treinta y dos levantamientos armados y los perdió todos. Tuvo diecisiete hijos varones de diecisiete mujeres distintas, que fueron exterminados uno tras otro en una sola noche, antes de que el mayor cumpliera treinta y cinco años. Escapó a catorce atentados, a setenta y tres emboscadas y a un pelotón de fusilamiento”. En ese pasaje de ‘Cien años de soledad’ puede resumirse nuestra vocación de resolver las diferencias a través de las armas, no de la razón ni el diálogo.Nuestra historia como nación es una confusa e interminable hilada de guerras internas. Los conflictos internacionales han sido menores en derramamiento de sangre -pero eso sí, inmensos en pérdidas territoriales- comparados con el sacrificio de vidas humanas de los conflictos civiles. Quizás el período más largo de paz es el que sobrevino a la Guerra de los Mil Días, pero ni aún entonces hubo paz: la represión a los movimientos obreros, las masacres de las bananeras, los atentados a líderes como Reyes y Uribe Uribe mancillaron esas supuestas épocas de paz.Aquí cualquiera inicia un alzamiento, un paro armado, una resistencia civil, muchos se toman la justicia por mano propia; eso parece ser fácil, jugar a ser el matón de la cuadra; pero son pocos los que proponen soluciones civilizadas a las diferencias. Colombia tiene una larga tradición de prender mechas de guerra interna y mantenerlas vivas pero una paupérrima costumbre de ponerles fin.El Frente Nacional, más que para fijar punto a la Violencia de los años 40 y 50, fue una forma de recuperar el poder y un reparto burocrático entre los partidos que enviaron a la muerte a miles de colombianos, estigmatizándolos por ‘rojos’ o ‘azules’. El último hecho verificable de paz, fue hace 25 años con el M-19 y el EPL, para deponer las armas de estos movimientos y abrir las puertas a su inserción en la democracia; y permitir entre otras cosas que el M-19 tuviera un activo rol en la redacción de la Constitución del 91. Los Tratados de Neerlandia y del Acorazado Winsconsin, donde se firmó la paz de la Guerra de los Mil Días, fueron privados, jamás sometidos a discusión pública.Por esto digo que somos expertos en atizar guerras no en hacer las paces. Somos torpes en la vocación de reconciliación, del perdón, del diálogo y de encontrar formulas para la convivencia. En nuestros corazones persiste el ánimo revanchista, el ofender para compensar la ofensa recibida. ¡Qué largo camino, pero necesario, nos separa de una paz duradera!

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