Militarizar Cali

Julio 16, 2017 - 06:50 a.m. Por: Pedro Medellín

La alternativa no parece muy civilista. Pero la situación de seguridad en Cali no da más espera. Cada vez más, los ciudadanos parecen cercados por la inseguridad. La policía ha venido haciendo un gran esfuerzo, pero la dimensión del problema es tal, que es preciso recurrir a las Fuerzas Militares para que ayude a combatir los complejos fenómenos que afectan la seguridad en la ciudad.

Los 24 homicidios registrados en el primer puente festivo de julio, no solo encendieron las alarmas. También dejaron ver el carácter estructural de la inseguridad. A diferencia de otras ciudades, Cali tiene dos ingredientes que están adquiriendo un gran peso impidiendo que las tasas de homicidios se comporten de manera más normalizada: crimen organizado y conflictividad por intolerancia social.

La acción de bandas delincuenciales, especialmente articuladas en torno al tráfico de narcóticos, es la que más impacto genera en la seguridad de la ciudad. Los esfuerzos de las autoridades en el tratamiento integral de las bandas o en la inclusión de jóvenes en condiciones de vulnerabilidad, han logrado resultados positivos. Pero el esfuerzo debe ser mayor. Máxime cuando los resultados se ven alterados por cambios de estrategia de las bandas o disputas surgidas por cuentas mal saldadas, forzando un inesperado aumento de los homicidios en la ciudad.

Según cálculos del Centro de Estudios Estratégicos (Cees), la magnitud del problema es tal, que al finalizar 2016 la ciudad contaba aproximadamente con 350 bandas delincuenciales con una alta capacidad de acción organizacional, y las más fuertes están concentradas en cinco comunas de la ciudad. Sin duda, su desarrollo y complejidad está asociada a la decisión de los narcotraficantes de volcar hacia el consumo interno la mayor proporción de las drogas que producen.

Para el Cees, por sus características, podría decirse que hay seis bandas tipo B. Es decir, macroestructuras delincuenciales, dedicadas al narcotráfico, al microtráfico, la extorsión, y el sicariato al más alto nivel. En su conformación, podrían llegar a tener hasta 100 miembros por banda, venden franquicias y están conectadas con las grandes organizaciones criminales del país y el exterior. Con algunas pocas excepciones, las bandas restantes podrían ser caracterizadas como de tipo C. Pueden llegar a tener hasta 60 miembros por banda y están dedicadas al microtráfico, la extorsión, el sicariato y las cuentas de cobro. Algunas de ellas operan en los cobros de cuenta gota. Y si bien están concentradas en cinco comunas se mueven en todo el territorio de la ciudad.

El tamaño y capacidad de organización de las bandas pone en evidencia la complejidad del problema: aproximadamente 5 mil jóvenes entre 15 y 28 años se disputan diariamente el control territorial de la ciudad con la Policía o con otras organizaciones armadas. Y ese es el punto en que los militares tienen que entrar a complementar la tarea de la Policía y la Alcaldía. El tema es de control territorial y de asegurar la desarticulación de las bandas. Y ese ejército de jóvenes no es que sea muy fácil detenerlo y desarmarlo.

Ese complemento se requiere por dos razones: 1) Cali necesita liberar recursos de la Policía que se puedan dedicar a contener el microtráfico de estupefacientes, particularmente en los colegios y escuelas de la ciudad. El nivel de riesgo en que está la población infantil y adolescente de la ciudad, está alcanzando niveles alarmantes; 2) El gobierno (con el apoyo de la Policía) debe acometer el más grande y significativo esfuerzo para reducir los niveles de conflictividad por intolerancia en la ciudad. Se trata sin duda, de una tarea que apunte a reducir los niveles ya muy elevados de violencia intrafamiliar y violencia contra la mujer. Los reportes que hoy presenta la ciudad, ya son vergonzosos.

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