¿Más leña al fuego?

Junio 20, 2016 - 12:00 a.m. Por: Pedro Medellín

Quisiera saber quién fue el genio de las comunicaciones, el estratega de la ‘pedagogía de la paz’, o Altísimo Consejero de Harvard, que le sugirió al presidente Santos afirmar en el Foro Económico Mundial que “Si el plebiscito no se aprueba, volvemos a la guerra (...) Tenemos información amplísima según la cual ellos (las Farc) están preparados para volver a la guerra, incluso urbana, que es más demoledora que la guerra rural”. No se da cuenta que con estas afirmaciones, lejos de movilizar hacia la paz, profundiza la polarización que ya está tomándose al país.Pese a que, muy rápidamente, el Ministro de Defensa salió a desautorizar a su Jefe diciendo que “no hay ninguna información que permita afirmar que hay una amenaza presente y clara en ese sentido”, el daño ya estaba hecho. Hasta los miembros de su coalición de gobierno se declararon sorprendidos. Alguno de ellos dijo que “No hay que exagerar. La gente democráticamente puede tomar decisiones en Colombia y así lo han demostrado para adoptar y tomar las decisiones. No creo que vaya a suceder la guerra urbana”. Y mientras en la Casa de Nariño se discutía sobre la necesidad de que el Presidente en todas las intervenciones utilizara el telepronter, los más cercanos amigos al proceso de paz en La Habana, como Antonio Navarro, consideraba que “es inaceptable que se pretenda traer un acuerdo de paz a base de amenazas. Esto es a base de apoyo público pero no de amenazados”.Navarro tiene razón. No es a punta de amenazas que el país va a acompañar los acuerdos de La Habana, ni mucho menos se va a encontrar el camino a la paz. El Presidente de la República o su equipo de trabajo, debían saber o al menos preparar lo que se va a decir en qué escenario y con qué propósito. Resulta muy grave creer que, como sugieren fuentes del gobierno, fue una afirmación improvisada del Jefe de Estado. Eso solo deja ver que en su cabeza no hay otro propósito que el de obtener una victoria política sobre los que considera sus enemigos. Y si no fue improvisada, pues peor. Pero no es la primera vez que el Presidente se equivoca en esta materia. En las últimas semanas, el ‘gran promotor de la paz’ ha venido cargado con un lenguaje de violencia contra sus opositores. Hace unas semanas fue toda una andanada contra el expresidente Uribe, su familia y su gobierno, al que fustigó hace semanas por sus vínculos con delincuentes y hechos delincuenciales; luego en una reciente intervención en Barranquilla, quiso ridiculizar el trabajo de las personas que estaban recogiendo firmas en contra de lo que se está acordando en La Habana, diciendo que “se reía de lo que estaban haciendo”. Es evidente que Santos, como dicen los taurinos, le entró al trapo lanzado por Uribe. El lenguaje de enfrentamiento y descalificación que rige entre los dos, comienza a amenazar lo poco de estabilidad que le queda al país. La mutuas acusaciones y los señalamientos, salidos de tono con el aplauso de sus seguidores, solo sirve para agrandar la brecha de odios que caracteriza a los países en guerra. Es legítimo que haya colombianos que apoyen los acuerdos de La Habana, porque ven todo claro. Pero también lo es que haya quienes duden de su alcance. Sobre todo, cuando hay elementos en torno de los cuales cada parte está entendiendo lo acordado en función de sus intereses. ¿Sabemos todavía quienes van a componer el Tribunal Especial de Paz? ¿Hay claridad sobre las zonas en que los guerrilleros van a cumplir con la restricción a sus libertades?Santos y Uribe no pueden seguir con un lenguaje y una actitud camorrera con todos aquellos que apoyan o expresan desacuerdos con lo que se está negociando en La Habana. La amenaza no es una política aconsejable. La paz se consigue uniendo voluntades, no exacerbando miedos.

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