¿La última marcha?

Febrero 06, 2017 - 12:00 a.m. Por: Pedro Medellín

“No es la última marcha”, “ni es una desmovilización”, insiste ‘Iván Márquez’. Ni se están despidiendo, como asegura emocionado el presidente Santos. Las Farc llegan a las zonas de concentración vederal, mostrando que son un ejército victorioso, bien equipado y haciendo saber que es apenas una estación más de un camino más largo. Y no podía ser diferente. A las Farc se le ha dado un tratamiento de ejército victorioso. Lo que no habían logrado en 50 años de combate, lo alcanzaron en seis años de negociación en La Habana. En este periodo (sin disparar un tiro) han pasado de controlar unas zonas del país, a convertirse en un grupo político con presencia en todo el territorio nacional y un poder institucional que pocos, “por fuera del establecimiento” habían logrado. En primer lugar, han logrado convertir los ‘acuerdos de paz’, en una especie de ‘jocker’, que se puede utilizar según la conveniencia. Unas veces, como agenda de transformaciones que, al ser incorporadas a la Constitución, abre el espectro de las reformas sin necesidad de ir a una Constituyente. Y otras, como un programa político capaz de movilizar a millones de colombianos en su apoyo. No hay sino que leer el punto de tierras y desarrollo agrícola. Entrega de tierras, subsidios no reembolsables, programas de acompañamiento técnico, capacitación, etc. Un paquete que tiene ilusionados a campesinos y pequeños productores. Y esto, acompañado de recursos del Estado para financiar sus actividades, representantes suyos en el Congreso, así como estaciones de radio y espacios de televisión.En segundo lugar, en materia de justicia han logrado que no haya cárcel, sino una (indefinida) restricción de libertades. No importa qué tipo de crímenes de guerra o delitos de lesa humanidad haya cometido. No tendrán que usar vestidos de rayas, ni pasar tiempo tras las rejas. Y lo mejor: han conseguido que no se les aplique el principio de responsabilidad de mando (Y si se llega a aplicar, han convencido al gobierno que sea para los agentes del Estado). Es decir, al final de todo, ningún dirigente de las Farc podrá ser declarado responsable por los ataques a Pueblo Bello, Chalán, Tierralta, Puerto Rico, Cajibío, Tarazá, Apartadó, Bojayá, San Carlos, Bogotá (Club El Nogal), Florencia y la Gabarra, por citar solo algunas de las masacres de las 40 que les han sido atribuidas.Todo bajo el paraguas de la llamada Jurisdicción Especial de Paz que, con todo y sus tribunales e instancias de investigación, además de estar desconectada de la justicia ordinaria (sin tiempo de existencia definido), cuenta con una legislación que por su ambigüedad, imprecisión o intención clara, puede permitir el cobro de deudas de guerra o dejar en la impunidad, incluso a aquellos guerrilleros que no se acogieron a los acuerdos.Y en tercer lugar, las Farc no tienen al frente un contradictor político de peso. Por una parte, en la negociación lograron dividir al establecimiento político y empresarial del país. Lo tiene sumido en disputas partidistas y enfrentamientos entre el jefe del Estado y el de la oposición, y sin posibilidades de que puedan tender puentes para enfrentar juntos cualquier amenaza política o electoral. Y por otra, en los desarrollos normativos de los acuerdos ha logrado que los partidos políticos en el Congreso, queden a sus expensas para adelantar cualquier ajuste que reclamen como absolutamente necesaria para su incorporación en la vida en sociedad. No hay que equivocarse. No estamos ante la desaparición de las Farc como un actor del conflicto interno. Mientras persista la intención de convertir los acuerdos en parte de la Constitución, ni se proceda a ajustar la jurisdicción especial de paz a los estándares establecidos por la justicia internacional, ni se acojan los correctivos sugeridos por el Fiscal y la Presidenta de la Corte Suprema, no se puede decir que la guerra con las Farc ha terminado. Así se le de tratamiento de ejercito victorioso.

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