La notificación

Julio 06, 2015 - 12:00 a.m. Por: Pedro Medellín

El gobierno Santos, finalmente, ha aceptado que el proceso de negociación en La Habana no sólo está atravesando su peor momento, sino que el tiempo se está acabando. Han tenido que pasar muchas cosas, y muchos días, para que el jefe del equipo negociador saliera a reconocer públicamente que “el proceso está llegando a su fin, por bien o por mal”.Es evidente que en un proceso de esta naturaleza nada estuviera garantizado. Ni el tiempo, ni los resultados. Lo que si estaba claro, por ejemplo, era que si se aceptaba negociar en medio del conflicto, había que estar preparados para ver cómo, en la medida que el proceso fuera avanzando, las acciones de la guerrilla recrudecerían cada vez más. Y que entre más cerca del final se estuviera, más graves serían los ataques guerrilleros. (Lo mismo podía suceder con las Farc. Que en la medida en que la negociación avanzara, los ataques de las fuerzas armadas colombianas se harían más fuertes y sistemáticos. Que los ataques tuvieran una magnitud tal, que las bases guerrilleras se sintieran desprotegidas en el proceso. Era una condición y una regla de juego que ninguna de las partes desconocía).Por eso, en el gobierno Santos no sólo había que estar preparados en el terreno militar, sino también (y sobre todo) en el político. El riesgo de que alguno de los ataques produjera un quiebre de confianza de los colombianos en la negociación, podría dejar efectos peores a los que se hubiesen producido sin haberse desgastado en una larga y tortuosa negociación con la guerrilla de las Farc.Y fue lo que finalmente pasó. Que en la medida en que el proceso avanzó, las acciones de la guerrilla fueron escalando hacia un punto en que los ataques produjeron tales consecuencias, que rápidamente minaron la confianza en el proceso y están forzando un aumento de la presión pública sobre el gobierno, que hoy lo tiene contra la pared.No han sido pocos quienes desde distintos medios fueron alertando al gobierno sobre la necesidad de una pedagogía del proceso de La Habana, que le hiciera entender a los colombianos los riesgos ante los que el país estaba, de manera que estuvieran preparados para lo que sucediera. Pero la pedagogía de la paz, nunca apareció. El ambiente de exagerada confianza sobre lo “cerca que se estaba de llegar a la paz con las Farc”, metió a la comunidad internacional y a todos los colombianos (y al propio Santos) en una zona de confort, de la que está costando mucho trabajo salir.La evolución de los acontecimientos es bastante normal para una negociación como la que se está adelantando. Solo que ni el gobierno ni la guerrilla parecen estar preparados para manejar esta situación. El gobierno, porque no supo estructurar una pedagogía de la paz, sino que tampoco ha sabido dar un adecuado manejo a los desmedidos ataques en que han incurrido los guerrilleros, especialmente el de Tumaco. Y la guerrilla, porque no ha sabido seleccionar los objetivos de combate o no tiene capacidad para hacerlo. Emprender una cadena de ataques que no afectan el poderío de las fuerzas armadas colombianas, sino que afectan a la población civil es una muestra, sino de torpeza, de una evidente incapacidad para enfrentar al enemigo como debiera hacerlo.Lo cierto es que una cadena de equívocos de una y otra parte, nos tiene ante un final cercano de la negociación. Para bien o para mal, como lo ha dicho el jefe del equipo negociador, los colombianos no aguantan más desatinos. Y el gobierno ya lo entendió.

VER COMENTARIOS
Columnistas