¡La crisis es de liderazgo!

Junio 22, 2015 - 12:00 a.m. Por: Pedro Medellín

El ambiente de confianza en el país sigue deteriorándose. Ya ni el fútbol, puede ayudar a mejorar el ánimo de los colombianos. Al frenazo de la economía, al estancamiento en las negociaciones de La Habana con las Farc, al estallido de escándalos de corrupción de empresas que tienen importantes proyectos en la infraestructura colombiana, ha venido a sumarse una especie de guerra institucional que tendrá enfrentados al poder judicial con los demás poderes. El Fiscal y altos magistrados han salido a desafiar abiertamente al gobierno planteando que van a recurrir a todos los medios posibles para impedir que la reforma constitucional aprobada por el Congreso, bajo el nombre de ‘Equilibrio de poderes’ termine expedida. Las declaraciones, cada vez más, tienen un duro tinte. El equilibrio de poderes, que se hubiera podido corregir suprimiendo la reelección presidencial, ahora sí que está fracturado. Pero, más allá de si tienen o no la razón, el hecho claro es que estamos ante una guerra de poderes sin precedentes en la historia colombiana, que hoy sabemos como está comenzando, pero no sabremos como terminará.Se trata de una fractura que se estaba gestando de tiempo atrás, y frente a la que el presidente Santos, no había hecho otra cosa distinta que mirar para otro lado. En efecto. Desde el momento en que se estaba discutiendo el proyecto de reforma a la Justicia en la legislatura 2011-2012, el gobierno pudo ver claramente que las intenciones de los Congresistas no eran distintas de pasarle una cuenta de cobro a los jueces por sus fallos sobre la parapolítica y muchas otras de menos visibilidad.En su momento, Santos debió pararse firme para impedir el revanchismo de los congresistas. En su condición de jefe de Estado no podía abstraerse de semejante decisión política. Ni mucho menos intervenir como finalmente lo hizo: dejando que fuera la inercia la que finalmente terminara definiendo el curso de los acontecimientos.En un escenario en el que, ministros y altos funcionarios del gobierno se enfrentaban entre sí, con la misma intensidad que el Fiscal lo hacía con la Contralora o con el Procurador, y cada quien hacía lo que quería, Santos veía cómo los congresistas poco a poco le iban copando el terreno, imponiendo sus reglas de juego. Bloqueando sus reformas o, incluso, recurriendo a mecanismos informales para garantizar que los proyectos salieran conforme a sus propios intereses. Y mientras todo esto sucedía, estudiantes, agricultores o camioneros, entendían que se hacían sentir, el Presidente se echaría para atrás como lo ha hecho cada vez que le hablan duro en sus casi seis años de gobierno.La crisis que vive el país no es de confianza, ni siquiera de legitimidad. La crisis es de liderazgo. De no tener a alguien al frente con la claridad y la autoridad suficientes, como para hacerles entender a los ciudadanos que en la economía, en la reforma de poderes o en la negociación de La Habana, vamos bien y hacia puerto seguro. Hoy nadie confía, ni sabe para dónde vamos. Mientras toma alguna decisión, Santos debería leer los Discursos Fundamentales de Indalecio Prieto de 1936, en los que muestra cómo por la paz la gente puede aguantar mucho, pero “lo que no soporta una nación es el desgaste de su poder público, y de su propia vitalidad económica, manteniendo el desasosiego, la zozobra y la intranquilidad”. El Presidente debía dar un timonazo.

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