Estimado sucesor

Estimado sucesor

Febrero 18, 2018 - 06:45 a.m. Por: Pedro Medellín

En un hecho inusual, a seis meses de terminar su periodo presidencial Juan Manuel Santos pone fin a su gobierno, publicando una carta a su sucesor en la que hace un balance de sus siete años y medio en la Presidencia de la República.

En principio, ese ‘inusual’ sugería que se trataba de un documento histórico. Algo tenía que decir el Presidente, para atreverse a dirigirse a su sucesor en una coyuntura tan difícil como la que atraviesa. Es decir, en un momento en que la crispación colectiva es tal, que candidatos de izquierda y de derecha cuando no son sacados a empellones de los recintos en los que pretenden dirigirse a los ciudadanos, son agredidos verbalmente por los transeúntes; la inseguridad ha desbordado la capacidad de las autoridades; las inversiones están paralizadas por la incertidumbre política y la falta de claridad en las reglas de juego; la corrupción ha llegado a los más altos cargos del Gobierno, el Congreso y la Justicia; la impunidad no sólo está permitiendo que los criminales de todos los pelambres se profesionalicen y ejerzan su actividad sin riesgo, sino que también está poniendo en evidencia la fragilidad del aparato judicial; y la protesta social se ha tomado las vías públicas para exigir que el gobierno cumpla con los compromisos suscritos para desalojar tomas anteriores o para denunciar los problemas en la prestación de los servicios públicos o el desgreño administrativo.

Sin embargo, el Presidente escribe una carta a su sucesor, para “explicar lo que creo deban ser los principales temas de debate nacional durante esta campaña electoral para elegir mi sucesor” (¿?). A partir de ahí, el asunto adquiere otra dimensión. Sobre todo cuando escribe “No tengo influencia en esta campaña, ni voy a influir”. Sobre todo si sabemos que se trata de alguien que no tuvo problema en pedir a los jefes de las Farc que “…No le ponga cuidado a lo que diga en público acerca de ustedes…”, o que reiteradamente negó que los guerrilleros eludirían la cárcel o no tendrían curules en el Congreso.

Si para saber qué quiere Santos hay que tomar sus declaraciones en sentido contrario, entonces hay que tener claro que en su carta anunció que tenía influencia en esta campaña e iba a influir. Que pese a su desprestigio no ha dejado de ser un actor importante en la política colombiana. Es más. Hizo saber que todavía tiene en sus manos el manejo de las políticas públicas, y que ellas le deben servir para “corregir los errores que sin duda se han cometido, a mejorar lo que debe mejorarse y a continuar con lo que funciona”.

De ahí en adelante solo se encuentran afirmaciones que, al leerlas en sentido contrario, revelan el momento que se vive: “Tenemos más paz y tranquilidad”… “Colombia debe preservar la confianza de los inversionistas con unas finanzas públicas sólidas y reglas de juego claras y estables”… “Este año se registró la tasa de homicidios más baja de los últimos 42 años, y muchos de los otros indicadores de seguridad han mejorado sustancialmente”… “El fin del conflicto con las Farc nos abrió una oportunidad histórica para resolver de manera estructural (el narcotráfico)”… “Logramos firmar la paz sin sacrificar nuestro modelo de desarrollo y apegados a la Constitución y al derecho internacional”.

Pero también son frases que, más allá de las discusiones sobre la calidad de la democracia, dejan en claro que en Colombia el régimen presidencial es tan fuerte que puede someter todo el aparato de jueces y legisladores a su designio, sin importar si se quebranta la Constitución o la Ley. Pero a la vez, reafirman que ninguna de esas decisiones es gratis. Que todos tienen un precio. Que sin mermelada, no hay paraíso. Y que ese poder genera lazos tan fuertes que, en su particular manera de decir las cosas, Santos cierra su carta con un contundente: “Tenga la absoluta seguridad que no voy a interferir para nada en su trabajo”.

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